sábado, 14 de marzo de 2015

La historia de este día sábado 14 de marzo 2015. Dos relatos sobre la visita de Luis Echeverría a la UNAM el 14 de marzo de 1975. Joel Ortega. Jorge Carrillo Olea.

Amigas y amigos. No acostumbro leer el diario Milenio por su calidad de prensa delincuencial, solamente que el sábado trae una buena sección cultural. Y hoy leí a los columnistas y encontré esta historia contada por uno de los miles de protagonistas de ese 14 de marzo de 1975. Y recordé que ese día fue mi primer día de clases y que ahí estuve viendo el mitin en las islas de C.U., como un chavo que llega a la Facultad de Ciencias Políticas a la inauguración de cursos y no conocía a nadie. Pero en fin, la fecha es histórica y muy memorable en la vida política de México. Con el paso de los años pude conocer a Joel Ortega y hoy les mando esta su historia. 

Y buscando una fotografía para este envío encontré  la versión del policía teniente coronel Jorge Carrillo Olea quien tenía, ese día, la misión de proteger a Luis Echeverría Álavarez. Es muy interesante conocer las dos versiones, contrastarlas o complementarlas. 
Espero les guste este envío. Un abrazo

Les pongo este link ilustrativo de ese momento.

https://www.youtube.com/watch?v=2rTkDh3gl8k



La obscena “visita” de Echeverría a CU







Joel Ortega Juárez
Milenio diario. sábado 14 marzo 2015

A unos años de la matanza de estudiantes en San Cosme, el Jueves de Corpus, 10 de junio de 1971, y menos de siete de la de Tlatelolco, Luis Echeverría entró a Ciudad Universitaria el 14 de marzo de 1975. Surgieron diversas opciones para enfrentarnos a su “visita”. Algunos propusieron hacer una gran barricada; otros realizar un mitin en la explanada de Rectoría y unos cuantos optamos por ir a donde lo recibiría el rector Soberón y el resto de la burocracia, el auditorio de medicina, para manifestar nuestro rechazo a su gobierno y a su obscena “visita”.
No teníamos más armas que nuestras ideas, expuestas en una inmensa manta colgada en la torre de Ciencias; miles de volantes y nuestras voces. Tampoco teníamos fuero.
Desde temprano nos reunimos en Economía. Íbamos recibiendo informes y muchos rumores: el auditorio de medicina estaba “tomado” desde la madrugada por el Estado Mayor; habían llevado a muchos estudiantes de medicina con la promesa de darles el servicio social en el DF, también había decenas de trabajadores.
Caminamos rumbo a medicina, había miembros del Estado Mayor vestidos de blanco simulando ser estudiantes. Nos quisieron impedir continuar. No cejamos. Gritamos consignas, exigimos que nos dejaran pasar y aprovechamos que había corresponsales extranjeros para denunciar la presencia de estos guaruras.
Con mucho coraje continuamos. Logramos pasar una, dos, tres, cuatro vallas.
Llegamos afuera del auditorio y exigimos que nos dejaran entrar. Hubo muchos minutos de forcejeo. Logramos entrar. Solo había lugar en la parte superior del auditorio. Comenzamos a repartir volantes, no dejamos de gritar. Poco a poco logramos sumar a nuestros gritos a buena parte de los estudiantes y trabajadores “acarreados”. Su inicial silencio sepulcral se convirtió en combativo grito masivo de protesta.
La exigencia de los estudiantes los obligó a darme la palabra. No fue un “diálogo” acordado. Con Echeverría a mi lado condené a su gobierno. Salió huyendo. Le lanzaron una piedra. Toda la clase política, los poderes fácticos, los intelectuales y los medios me condenaron por agredir a LEA.













“Jóvenes manipulados por la CIA” 




Jorge Carrillo Olea.
México en Riesgo. Ed. Grijalbo. 2011.
http://misteriospublicos.blogspot.mx/2011/08/la-pedrada-echeverria-en-la-unam.html


La noche previa al evento, contrario a mis características sicológicas, advertí y di lugar a una premonición, a un presentimiento. Se fue formando en mi última visita al auditorio, cerca de la media noche y durante mi regreso a mi oficina. Se expresaba en muy pocas palabras: Algo grave iba a pasar mañana. Pero al mismo tiempo había una subyacente certidumbre de que sería yo el sujeto de los hechos y no el Presidente. Esto es, iba a pasar algo conmigo. Sin concretar ideas pasaron por mi mente fugaces pensamientos sobre un posible hecho accidental o un error desgraciado de mi parte, una imprevisión, algo no considerado. No sentía temor o miedo ante lo venidero, era simplemente una certidumbre, una fijación mental.

Como una reacción, ya en mi oficina, fuera de tiempo, de lugar o lógica, se me ocurrió a esa hora afeitarme, bañarme, vestirme con unos jeans, una sudadera y calzarme unas viejas botas de montar. ¿Todo esto por qué? Quién sabe. Así dormí, con gran serenidad aquella noche. Salí para la Ciudad Universitaria de madrugada a fin de revisar todas las medidas que se había adoptado, pero sobre todo para ubicar en el estacionamiento cuatro o cinco automóviles y una camioneta Van, pintada como si fuera distribuidora de Bimbo. En cada automóvil estarían el conductor y dos escoltas y en la Van un equipo médico de emergencia.

De manera muy acelerada empezaron a llegar estudiantes que pronto llenaron el auditorio. El barullo era terrible, los corredores atestados, pero no de manera amenazante ni preocupante. Pero pocos minutos antes de la llegada del Presidente se escucharon ruidos estruendosos en la parte de arriba, se golpeaban las puertas de acceso y finalmente fueron estas rotas. Entró una turba de muchachos con gran ruido. El clima se calentaba y mi preocupación crecía. A punto de llegar el Presidente me trasladé a la planta baja que era un vestíbulo con una escalera de acceso hacia el auditorio. El punto vacío estaba invadido por estudiantes que se manifestaban de manera ruidosa, lanzando las consignas más contradictorias a favor y en contra del Presidente.
El Lic. Echeverría llegó en un auto café. En el asiento de adelante el chofer, que con la mirada me decía mil cosas enigmáticas; a su lado, el Jefe de Estado Mayor vestido de civil, inmóvil, no me dirigió ni siquiera una mirada. Bajó el Presidente solo, como se había planeado, y él sí estableció una mirada de inteligencia conmigo, pero no cruzamos una sola palabra. Subimos la escalera ya con muchos trabajos dada la multitud y nos dirigimos al corredor de la derecha a la develación de la placa. Como era costumbre, pero siempre un acto de prestidigitación, el Dr. Jekill se transformó en una especie de Super star. Magnético, dueño del espacio, sugestivo. Entramos al auditorio por el pasillo de la derecha, él subió al escenario y yo me situé al pie, en la parte baja frente a él y al doctor (Guillermo) Soberón.

No sé si el Presidente se llegó a enterar pero, contrariando sus órdenes, en el propio escenario había algunos jóvenes oficiales con batas blancas, prenda que abundaba entre el estudiantado ya que era la Facultad de Medicina. Dejarlo auténticamente solo hubiera sido sencillamente irresponsable y estúpido. Se inició el acto con el canto del Himno Nacional y empezaron los discursos a cargo, primero de Evaristo Pérez Arreola, líder del Sindicato de Trabajadores, lo siguió algún estudiante a quien yo había conocido en Sinaloa, que era semi rubio, ojos claros, dominador de gentíos, esplendido orador pero creo que fue un punto más allá de lo deseado en elogios, lo que provocó un recalentamiento de los ánimos, sobre todo de los estudiantes de galería, que evidentemente acudían, por lo menos, a boicotear el acto.

Los gritos eran de tal intensidad que hicieron imposible que el orador siguiera con su discurso; bajó de la mesa del presídium a donde había subido y empezó el Dr. Soberón, rector de la Universidad con su informe, último evento antes de la inauguración de cursos por el Presidente. El escándalo era ya tal que hacia inaudible la voz del rector a pesar de los equipos de sonorización. Yo cruzaba miradas con él invitándolo a acortar su informe pues empezaban a sentirse sobre el presídium y el escenario en general una lluvia de monedas procedentes de la galería. Una moneda de 20 centavos de aquel entonces, lanzada desde aquella altura era suficiente para provocar una seria herida en quien recibiera el impacto.

La gritería arreciaba e increpaban ya directamente al Presidente Echeverría. Este tomó el micrófono e inició un altercado verbal con los estudiantes gritándoles a toda voz: “Jóvenes manipulados por la CIA” y otras lindezas que no recuerdo, pero aquella expresión se convirtió en frase histórica. Apresuradamente y siguiendo las palabras rituales de costumbre, el Presidente declaró inaugurados los cursos.
Hice señas a los oficiales de bata blanca para que indujeran al Presidente a bajar del presídium y emprender la salida, los mandaba un ayudante del licenciado Echeverría al que cordialmente siempre llamé “J.G.”, amistosa burla de su nombre: José Guadalupe Castellanos. Me encontré con el Presidente al pie de la escalerilla, dándole el frente y, caminando yo hacía atrás, iniciamos lentamente el recorrido de salida hacía el corredor por el que habíamos entrado. Él saludaba a diestra y siniestra.

A pesar de la diferencia de estaturas, lo abrazaba por la cintura y él, en su euforia, no se daba cuenta de nada, así la marcha se hacía razonablemente fácil. A la mitad del pasillo, procedentes del corredor exterior se escucharon fuertes ruidos que para algunos sonaban a disparos. No para mí que conocía muy bien el sonido de una detonación.
El Presidente, ahora mirándome a los ojos, me dijo:
-Están disparando.
-No –repuse–, están rompiendo los macetones y aventando contra los vidrios los tepalcates (fragmentos de ollas o macetas).
Disparos o tepalcatazos, lo razonable era no seguir, de manera que dimos la vuelta en “U”. Regresamos hacia el escenario en busca de las salidas de emergencia. Opté por la de la derecha que era la que nos llevaba directamente al jardín y cometí el error de inducir al Presidente a bajar por la estrechísima escalera, e invité al Dr. Soberón a seguirlo y a alguien o algunos más. En ese momento caí en la cuenta de que me había aislado del Presidente, ello me perturbó pues el alejarme de él había sido un error enorme y busqué cómo alcanzarlo. Por la escalera era imposible dado lo estrecho. Entonces apareció a mi izquierda una ventana circular, de las llamadas “ojo de buey” y me lancé de cabeza por ella sin saber exactamente su altura ni sobre qué caería, pero sí que me conduciría al Presidente.

Efectivamente, a unos pasos de donde caí de espaldas había una puerta de lámina negra, la salida de la escalera de emergencia. Golpee fuertemente con los puños gritando:
-¡Señor Presidente, Señor Presidente!
Y él contestó desde adentro:
-¿Mi Teniente Coronel?
-Sí, abra usted la puerta-, grité.

Así lo hizo y se produjo en mí una sensación inenarrable: Estaba ahí el Jefe del Estado, propiamente en mis manos y todavía indemne, sin daño alguno. Ahora nada ni nadie tenían mi responsabilidad. Reflexioné: El jefe del Estado está en grave peligro y con él, el país mismo. Su bienestar está bajo mi responsabilidad.

Atrás de mí había cuatro oficiales que habían sido elegidos por su corpulencia y por sus esplendidas cualidades de valor y lealtad a los que grite: “¡Tráiganselo, tráiganselo!” Y tomándolo de los brazos y la espalda empezamos a caminar a grandes zancadas hacia el estacionamiento mientras nos perseguían los estudiantes. Entusiasma ese ánimo maravilloso que tiene la juventud y que se puede estimular tan fácilmente, en este caso para mal, pues las pandillas buscaban hacerse cargo de la situación. Favorablemente ellos no tenían un plan preconcebido, todo se había salido de cauces, ¿qué hubiera sido si hubieran llevado a cabo un acto culminante? El caso es que se había desatado ya una persecución llena de improperios hacia el Presidente.

Yo iba por delante, oteando el estacionamiento en busca de los coches. Los oficiales, parados en los estribos, me hacían señas para identificarse y llamarme, pero estando tan cerca, no más de veinte metros, me parecían tan lejos que dudaba de poder alcanzarlos. En uno de mis frecuentes voltear hacia atrás para verificar que todo viniera bien, ya que el Presidente y los oficiales me seguían a tres pasos, vi sangrando la frente del licenciado Echeverría de manera profusa. Es imposible también reconstruir las escenas imaginarias que se vinieron a mi mente: ¿Qué pasaba y qué pasaría, qué iba a pasar con el país, con el Presidente como persona y conmigo mismo ante mi fracaso?

Providencialmente, a tres o cuatro metros de donde íbamos, se ponía en marcha un pequeño coche Maverick rojo que seguramente huía de la peligrosa turba. Hice señas a los oficiales a cargo del Presidente para que lo condujeran hacia ese coche mientras yo me adelantaba hacia el lado del chofer, me introducía en la parte trasera del coche y tomando al chofer por la garganta, desde una posición por demás ventajosa para mí y seguramente gritándole muy fuertes majaderías para amedrentarlo, le solté: “¡No te muevas, aquí mando yo!”

Los oficiales con el Presidente ya habían abierto la portezuela delantera derecha y trataban de introducirlo al auto, pero él se había afianzado entre el techo y la propia portezuela en una postura de gran resistencia, mientras seguía en su debate a gritos con los estudiantes. Se negaba a entrar al auto. Le ordené a uno de los oficiales, el teniente Agüero, el que lo tenía tomado por la cintura, que lo forzara a entrar al auto. Sus inhibiciones propias de joven y de oficial del ejército le impedían forcejear con el Jefe del Estado, hasta que levantando fuertemente la voz le ordené de nuevo: “¡Mételo, Mételo!” Afortunadamente, mediante un irrespetuoso jalón, así lo hizo.

Como caído del cielo, o más bien como salido del infierno porque es su espacio natural, apareció José Murat dando gritos al chofer y en un estado de exaltación máxima ordenaba: “¡A Derecho, a Derecho!”

Impulsé al chofer a acelerar pues empezaban a llover piedras y tepalcates al auto, rompiendo el medallón trasero y lastimando el techo. Nuestra velocidad pronto dejó atrás a la multitud y entonces le ordené al jóven que detuviera el auto y dirigiéndome al intruso le dije: “¡Bájate, Murat, bájate!” Y algo habrá visto de determinación en mí que optó definitivamente por bajar del coche. El Presidente reía a carcajadas.

Llegamos al término del estacionamiento y aprovechando una especie de rampa de tierra brincamos a la banqueta y entramos al bosque, mezcla de bosque y pedregal, que es tan propio de C.U., pero yo no sabía, porque nunca lo calculé, a dónde llevaba aquella brecha. 

Podría haber sido a cualquier parte pero una cosa era segura, nos alejaba de los estudiantes que aún corrían tras nosotros. Después de tal vez un kilometro, caímos a Insurgentes en sentido contrario al tránsito que en ese sitio se da de sur a norte. El pobre chofer no sabía qué hacer, hasta que lo impulsé a que, tomando precauciones y pegado a la izquierda, empezara a circular. Las mentadas de madre de todos los conductores que lo hacían en su sentido correcto eran de tal grado que el Presidente reinició sus carcajeadas.

En aquel entonces no existía camellón para dividir los dos sentidos de Insurgentes sino que había un bordo que de tantos a tantos metros daba lugar a una vuelta en ”U”. Le ordené al conductor que se pasara al sentido correcto, esto es de norte a sur, hacia lo que hoy es Perisur y así lo intentó hacer, pero por el peso del coche –chofer, teniente y Presidente en el asiento delantero, y atrás yo y cientos de libros que eran unas tesis que aquel muchacho-chofer había ido a entregar, pues así se ganaba unos pesos para apoyar sus estudios en el Instituto Politécnico Nacional–, el brinco se hizo imposible. Las tesis fueron a dar a la calle. 

Me bajé e intenté medio cargar el auto mientras el chofer aceleraba, produciéndose los rechinidos característicos de las llantas que giraban sin suficiente apoyo. Yo no daba crédito ni entendía las motivaciones sicológicas del Presidente pero éste, ante la situación, se carcajeaba y gritaba:

-¡Igual que en Los Intocables!

Todavía hoy me río y no sé si admirar su entereza y confianza en mí o buscar alguna otra explicación más enredada.

Iniciamos la marcha rumbo al sur, hacia lo que hoy es Perisur. En el trayecto, desde el asiento de atrás, habiendo desgarrado la falda de mi camisa, le quité los lentes al Presidente y comencé a limpiarle la frente, en el ánimo por supuesto de asearlo, pero más bien de ver cuál era la naturaleza de la herida; una evaluación de daños, como se dice en los desastres, pero ya se adivinaba leve pues había dejado de sangrar. La leyenda de la pedrada fue alimentada por los medios ya que cualquier piedra golpeando en la frente de un ser humano le hubiera producido un daño mayor. Debe haber sido, otra vez, un fragmento de tepalcate, de tamaño muy menor.

Después me contarían que apenas salimos nosotros llegó el Jefe de Estado Mayor a lo que había sido el campo de batalla, que su estado de ánimo –de espanto–, era absolutamente perceptible, con una preocupación rayana en la desesperación pues su responsabilidad por ser el titular de la institución era mayúscula, independientemente de la mía. Preguntó por el Presidente de manera compulsiva e inmediata y ya algunos de los oficiales que por ahí estaban en espera de ordenes le informaron: “Se lo llevó el Teniente Coronel Carrillo”. Eso pareció atenuar su angustia, pero esta no podía cesar ya que la conexión por radio entre él y yo no existía, pues así se había ordenado: que no se llevaran ni armas, ni radios. En el trayecto mi inquietud era esa, pues adivinaba que los medios de comunicación de todo orden habían disparado ya la noticia al mundo entero y no necesariamente en los términos reales. Se hablaba de un secuestro o de graves heridas y lo más cercano a la auténtica terrible verdad: Nadie sabía en dónde estaba el Presidente ni en manos de quien.

Creo que esta desaparición transitoria es singular: Un jefe de Estado que no está, que no se sabe de él y lo peor, en dónde ni en qué condiciones está. Temporarily lost, and then what, explicó para sí mismo con su pícara risa el embajador británico Sir John Galsworthy el día que lo comentamos.

Ya habíamos tomado el Periférico hacia el norte y autoritariamente le dije al licenciado:
-Señor Presidente, vamos a Magnolia (su casa particular en San Jerónimo) para que se asee y pueda yo hacer algunas llamadas telefónicas que son extremadamente urgentes.
-No –fue la respuesta cortante–, vamos a Los Pinos que es la residencia oficial.
Ante este grueso argumento no tuve nada más que decir.

Sorpresivamente apareció a nuestro lado, manejando su propio auto, Rodolfo Echeverría Zuno, tocando repetidamente la bocina y agitando con gran alegría la mano izquierda casi en la nariz de su padre. Él había asistido como incognito a los actos. Debo confesar que ver las expresiones del hijo en aquel fortuito encuentro, tal vez perdiendo yo el control de tantas y tantas emociones acumuladas ese día, me provocó un nudo en la garganta. Yo tenía con Rodolfo una particular identificación. Tenía fama de muchacho difícil en términos de su independencia y autonomía; conmigo fue siempre atento, gentil y amigo, le estimé tanto como lamenté su muerte en 1983.

Todavía sobre el periférico a la altura de la avenida Altavista nos cruzamos con un convoy de autobuses de granaderos rumbo al sur, unos diez camiones, escoltados por patrullas. El Presidente me preguntó, pero había una afirmación en su pregunta:
-El Gral. Gutiérrez Santos es una persona muy prudente, ¿verdad?
-Si señor Presidente es una persona muy sensata- contesté.
Muchas nubes negras habrán pasado por su mente ante la posibilidad de que un error o exceso por parte de la policía generara otro drama nacional. Podría otra vez mancharse la nación con sangre de estudiantes.

Al llegar a Los Pinos naturalmente la guardia impidió el paso desde una distancia prudente, que es lo correcto ante un vehículo desconocido. Saqué la cabeza por la ventanilla y le grité al comandante teniente Mercado:

-¡Es el Sr. Presidente, abran la puerta y para toda la red (de radio) infórmese que el señor está en Los Pinos y completamente a salvo!
Llegamos a la entrada de la residencia. Era un desierto, no había nadie más que el ayudante de guardia, quien seguramente ya había notificado a la señora Echeverría de nuestra llegada porque ella apareció al fin del larguísimo pasillo exclamando con voz muy alta, sollozando y levantando los brazos:
–¡Luis, Luis, Luis!– y corrió a abrazarlo.

Di la media vuelta y me topé con Rodolfo, que también había ya entrado. Me dio un gran abrazo. No se pronunció palabra alguna.

Le pedí al ayudante de guardia que verificara que el Jefe de Estado Mayor ya había sido informado y que le invitara al dueño del automóvil un refresco o café. Volteé hacia el Sr. Presidente y la Sra. en busca de instrucciones y él me dijo “Quiero ver una película después de comer, busquen al proyeccionista”.

En esos momentos arribó el Dr. Eduardo Echeverría, su hermano y subieron a las habitaciones. Empezaba a llegar la más disímbola clase de gente: miembros del gabinete, legisladores, en fin. También apareció antes que todos ellos y aún demudado el Jefe de Estado Mayor quien preguntó por el Presidente. “Está en sus habitaciones con la señora y el Dr. Eduardo”, le dijeron. A mí no me dirigió una sola palabra.

Minutos después bajó el Sr. Presidente vestido con particular empeño de lucidores colores, sereno y con un simple vendolete en la frente. Ordenó que se pasara a su comensal al comedor, que si no mal recuerdo era Julio Scherer, director de Excélsior, y no hizo caso ninguno de la gente que había llegado. Yo prestaba atención, impresionado, a la cantidad de versiones que ya se daban sobre los hechos y a que en todas ellas el narrador había sido parte importante de la seguridad.

El subsecretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios hacia saber que había tenido infiltrados entre los estudiantes a cien agentes de la Dirección Federal de Seguridad, ¡Vaya, utilísimos!, pero el más protagónico fue el entonces líder de la Cámara de Diputados, Carlos Sansores Pérez, que reclamaba el mérito de haber sabido todo con anticipación, tomado no sé cuántas y tantas providencias y haber apoyado no sé con cuántos cientos de personas. El Jefe de Estado Mayor llegó a su límite y con bastante crudeza le gritó: “¡Por qué no se calla licenciado!” y le hizo notar que ni su sombra apareció por ahí.

Terminada la comida, el Presidente pasó a la sala de cine con la instrucción de que no recibiría llamadas y de que a todo el que hablara se le informara precisamente lo que estaba haciendo, o sea viendo una película. Los primeros en llamar fueron el Presidente Figueres, de Costa Rica; el Presidente Castro, de Cuba y bueno, la lista fue interminable. Instruyó también que como el acto programado para la tarde era su asistencia al Consejo de Administración del Instituto Mexicano de Comercio Exterior, éste se transmitiera en vivo por todas las estaciones de televisión.

Antes de pasar a la sala de cine el Presidente pidió que enviaran al dueño del automóvil a su despacho. Lo que ahí pasó y lo que le dijo sólo lo saben ellos dos, pero el joven salió con una gran sonrisa, seguramente producto de recibir un abrazo presidencial y algún numerario consistente. A alguien encargó el Presidente que se reparara completamente el vehículo. Para mis adentros yo pensé: ¿y por qué no regalarle uno nuevo?







domingo, 8 de marzo de 2015

Cuentos e historias para la Ternura. La historia de este día 9 de marzo del 2015. VILLA SÍ CONQUISTÓ COLUMBUS. Ignacio Solares.


Amigas y amigos, este 9 de marzo se cumplen 99 años de la entrada de la División del Norte de Pancho Villa entró a territorio norteamericano. La mayoría de las versiones de este hecho pintan a un desalmado Villa y a unos indefensos norteamericanos, y se ha agregado el adjetivo de “Expedición“ a la invasión norteamericana que ese país realizó días después en México. Les envío un relato de ese hecho histórico y  a recordar siempre lo que ha sucedido en nuestras tierras. Un abrazo y espero que les guste. El texto lo he tomado del diario La Jornada de fecha 11 de enero 2009.



Pancho Villa sí conquistó Columbus

Ignacio Solares

Para Marisol Schulz

La División del Norte estaba en su mejor momento. Éramos tres mil. O quizá cuatro mil, o cinco mil, porque nunca nos habíamos contado bien, pero más o menos por ahí andaba la cantidad. En cualquier pueblo o pueblucho que pisábamos, siempre había un montón, o un montoncito, de gente que se nos quería unir. Hombres, mujeres, y hasta algunos chavalos, no faltaban los chavalos. Por eso, porque se sabía jefe de un enorme ejército –de lo más variado, por lo demás–, desde fines de enero, Villa planeó la invasión a Estados Unidos por el rumbo de Ojinaga, pero era tanta la gente que todavía se nos quería unir al proyecto, que prefirió posponerlo un par de meses. Mientras más fuera el montón de guerrilleros mexicanos que se metiera a los Estados Unidos, mejor, ¿no? Por eso luego, ya que éramos un titipuchal, fue en Palomas, pequeña ciudad fronteriza a unos cuantos kilómetros de Columbus, donde Villa nos hizo saber su decisión.

Esa tarde del ocho de marzo de aquel mil novecientos dieciséis, nos habló como yo no lo había oído, con una inspiración que le quebraba la voz y lo obligaba a detenerse a cada momento por la cantidad de lágrimas que derramaba. Nos juntó en la falda de un monte, y él se puso en el lugar más alto para que todos lo oyéramos bien y no nos quedara lugar a dudas de lo que decía. El sol pareció también pasmarse en lo alto y se levantó una brisa que puso a chasquear los huizaches y las nopaleras.

–Muchachos, ora sí llegó el mero momento bueno en que se decidirá el futuro de nuestra amada patria, y a ustedes y a mí nos tocó la suerte de jugarlo. ¡Vamos pues a jugarlo valientemente! Ya aquí, ni modo de rajarnos. Nuestro resto a una carta, como los hombres que traen bien fajados los pantalones para apostar. O lo ganamos todo o lo perdemos todo, total. En esta frontera de Palomas está la raya mágica que nos separa de la gloria o de la perdición. Estamos muy cansados, lo sé, por eso no podemos esperar más, ni un segundo más. Son muchos años de pelear desde que nos levantamos contra don Porfirio. Luego, ya ven, peleamos contra los colorados de Orozco, contra los pelones de Huerta, contra los carranclanes de Carranza. Hoy nos toca partirles su madre a los gringos, ni modo. Hemos peleado contra todo y contra todos, pero siempre por el mismo ideal, nuestro ideal no ha cambiado para nada. Es la causa del pueblo, la que obligó a don Francisco Madero a levantarse en armas contra la tiranía. Quiero decirles que Madero es el hombre al que yo más he querido y respetado, por el que me inicié en este asunto de la guerra, y por quien aún sigo aquí. Por eso su foto me acompaña a todos lados, en las buenas y en las malas –y de un bolsillo de la casaca, del lado del corazón, Villa sacó una foto de Madero y la puso en alto–. Mírenla. Aquí la pueden ustedes ver. Esta foto la veo yo a cada rato y se me llenan los ojos de lágrimas y se me quitan los temores que a todos nos dan. Me digo: si él dio su vida que valía tanto, ¿por qué no yo la mía que apenas si vale? Y veo la foto y me entran las ganas de luchar por los ideales que nos dejó y de acabar hasta la extinción total de sus asesinos. Asesinos que, hoy lo sabemos, están allá –y señaló hacia tierra mexicana–, pero también, y sobre todo, están allá –y señaló hacia tierra norteamericana–. 

Fueron los gringos quienes nos quitaron la mitad de nuestro territorio, que hoy tanto necesitaríamos, y quienes utilizaron al traidor de Victoriano Huerta para derrocar a nuestro salvador, el presidente Madero. Así como hoy utilizan al traidor de Carranza para apoderarse del país y robarse los mejores frutos de nuestra tierra. Esos mismos gringos ladrones que pretenden manejar nuestros gobiernos a su antojo, quitar y poner autoridades como se les pega la gana y según lo dictan sus intereses económicos y políticos. Hablan de democracia, ya ustedes los han oído, pero a nosotros nos tratan como animales si llegamos a trabajar a sus tierras. Animales, bestias de carga, esclavos que sólo responden al chasquido del látigo, eso somos para ellos. O nos utilizan o nos roban o nos rocían con gasolina y luego nos prenden fuego, como acaba de suceder hace unos meses con cuarenta mexicanos que intentaban cruzar legalmente el puente del Río Bravo. ¡Cuarenta mexicanos quemados vivos por los gringos! Ahora ya andan otra vez con querernos invadir porque dizque nosotros mismos no sabemos gobernarnos, y cómo vamos a saberlo con un traidor como Carranza en la presidencia, pero no lo van a lograr porque nosotros nos les vamos a adelantar. Hoy entramos a Columbus, les partimos su madre y seguimos de frente, para que vean que no les tenemos miedo y de lo que somos capaces. Porque enseguida va a venir la verdadera guerra con ellos, apenas llegue a acompañarnos el señor Emiliano Zapata con todas sus tropas, él mismo me ha asegurado que ya no tarda. No vamos a parar hasta vengar tanta ofensa como nos han hecho los gringos, hijos de su chingada madre, a lo largo de la historia. Entonces, ya que recuperemos el rico territorio perdido y los tengamos dominados, habrá paz y progreso en México y nuestros hijos heredarán una tierra amplia, libre y digna.




Foto: america-magna.blogspot.com
Tuvo que interrumpirse porque las lágrimas ya no lo dejaron continuar, y quizá fueron esas lágrimas las que terminaron de inflamar nuestro ánimo para levantar al unísono nuestras armas:

–¡Viva Villa! ¡Viva el presidente Madero! ¡Viva México! ¡Mueran los gringos!

Nuestro éxito fue que nadie en Columbus, ni en ninguna otra parte de México o de Estados Unidos, podía tomar en serio nuestra intención. En aquel tiempo, casi todos los días aparecían notas en los periódicos de una posible invasión norteamericana a México, pero de México a Estados Unidos, ¿cuándo?

Desde que, cabalgando dentro del mayor silencio posible, cruzamos la frontera, nos adentramos en territorio americano, y vimos el tenue resplandor de la ciudad a lo lejos, yo sentí que me adentraba en el pasillo de un sueño –no se me quitó la sensación de irrealidad en ningún momento–, que estaba viviendo un privilegio único que, quizá, muy pocos mexicanos volvieran a vivir. Y, bueno, habría que revisar nuestra historia de entonces para acá.

Por ahí se veían encendidos unos cuantos faroles en las esquinas y en la estación de ferrocarril. Ladridos intermitentes de perros. La ciudad de Columbus es muy pequeña y en forma de chorizo –con todos sus edificios importantes en la misma avenida, la Bondary –, así que la estrategia era, literalmente, barrerla, destruyendo todo cuanto encontráramos a nuestro paso. Saquear el banco y una tienda llamada Lemon and Payne , muy bien surtida y, sobre todo, detenerse en el hotel Comercial para pedirle cuentas a un tal Samuel Ravel, quien le debía a Villa unos rifles Springfield que ya le había pagado.
Entramos exactamente al cuarto para la seis de la mañana, con el primer sol que despuntaba, lo sé porque uno de los tiros que disparamos le dio al reloj de la aduana, deteniendo su funcionamiento, lo vi clarito.

De un lado de esa calle principal, apenas a la entrada, estaba el cuartel con sus cerca de mil soldados todavía dormidos: se levantarían quince minutos después de que nos les echamos encima (Villa lo previó todo): el XIII Regimiento de Caballería de Estados Unidos, al mando del general Herbert Slocum. Del otro lado de la calle estaban los establos. ¡Cuidado, no se vayan a confundir, nos advirtió Villa! Luego nos dijo: al primer disparo que suelte yo, todos al galope, al grito de “¡Viva México! ¡Mueran los gringos!”, y a acabar con ellos, muchachitos.

El momento en que Villa soltó ese primer disparo al aire, hincamos las espuelas al tiempo que gritábamos: “¡Viva México! ¡Mueran los gringos!”, con el corazón enloquecido afuera del pecho y la sensación de que violábamos lo prohibido, que nos metíamos a donde nunca nadie, en esa forma, se había metido. Y, bueno, pasara lo que pasara, ¿quién nos quitaba esa emoción?

Hicimos una matazón tremebunda en el cuartel. Yo me despaché a dos o tres soldados gringos que apenas se levantaban medio encuerados de sus literas, con caras de asombro. ¿Cómo podían suponer los pobres pendejos que estaban muriendo porque los mexicanos habían invadido su país? Una vez que los acabamos, nos seguimos hacia el pueblo, a buscar otros sitios que atacar, ¿qué otra cosa podíamos hacer si ya nos sentíamos dueños del lugar? Yo por eso me seguí de filo, a todo galope, dentro de la galería de rostros convulsos que salían de las casas asaltadas, tropezándose, con niños en brazos o levantando las manos en señal de rendición, corriendo hacia todos lados como hormigas espantadas.

Entonces me di cuenta de un grave error cometido por algunos de mis compañeros: prenderle fuego a la tienda Lemon and Payne, atiborrada de artículos inflamables, lo que iluminó en forma esplendorosa la calle por la que andábamos con nuestro relajo. Y no es lo mismo echar ese relajo –pegar de gritos, tirar balazos al aire, acribillar los vidrios de las ventanas, dar vueltas como trompo en el caballo, tronarse a quien encuentra uno en el camino–, que organizar un verdadero ataque con las armas y los hombres en los puestos adecuados: exactamente lo que hizo el resto de los soldados norteamericanos que habían sobrevivido a nuestro ataque, y que todavía era un montón: atacaban con una furia desatada, como si de pronto se hubieran dado cuenta de que, carajo, estaban siendo invadidos por pinches mexicanos.



Columbus, Nuevo Mexico atacada por Pancho Villa. Foto: america-magna.blogspot.com
Villa reaccionó enseguida y reordenó sus filas. Además, acabó de intimidarlos con una estrategia muy suya: cerrar pinzas. Ya con el día encima, vimos llegar un verdadero huracán de caballos. No parecían seres vivos sino fantasmales. Miles de caballos de la División del Norte envueltos en nubes de polvo y en un sol radiante, recién nacido que, parecía, también llevaban consigo. Todos con el mismo grito, que revoloteaba en lo alto y agitaba las ramas de los árboles: “¡Viva Villa, mueran los gringos!”

Al grueso de la columna villista la protegían guardaflancos móviles que se desplazaban a saltos y eran los que más daño hacían al toparse con el enemigo porque les llegaban por todos lados.

Luego me enteré de que algunos villistas acostumbraban lazar ramas de mezquite y las arrastraban a cabeza de silla, con el objeto de levantar más polvo. Doscientos o trescientos hombres, con sus ramas a cabeza de silla, daban la impresión de ser muchos más, el doble o el triple, por la polvareda que levantaban. Algo muy teatral, pero efectivo. Como predijo Villa desde su discurso inicial: le partimos toditita su madre al xiii Regimiento de Caballería de Estados Unidos.

Antes del mediodía, ya con la ciudad conquistada, Villa nos reunió en la plaza central de Columbus y, subido en el quiosco, nos arengó:

–¡Ahora sí, muchachitos, ya encarrerados vámonos al norte, rumbo a Washington!

Toda la División del Norte respondió con un solo grito atronador:

–Viva México, mueran los gringos!



*Del libro: Ficciones de la Revolución Mexicana,
de próxima aparición en Editorial Alfaguara.

Cuentos e historias para la Ternura. La historia de este día domingo 8 de marzo del 2015. ERIKA EN ESTE 8 DE MARZO.


Amigas y amigos, hoy 8 de marzo, día internacional de la mujer, les envío esta historia de una mujer mexicana. Una joven, como  millones de mexicanas que viven en el filo de la navaja, en un país como el nuestro, en donde los gobiernos administran la vida y la muerte. Desafortunadamente, en México es muy difícil ser mujer, en donde son asesinadas siete mujeres al día, según la ONU, lo cual implica que pueden ser muchas más. 

La información para armar esta historia la hemos tomado de varios diarios. Entonces, que este día nos sirva para pensar, sentir, y sobre todo actuar. Un abrazo y espero que esta historia los conmueva.  Un abrazo.


ERIKA EN UN 8 DE MARZO



El sueño de Erika Kassandra Bravo Caro era convertirse en médico y atender especialmente a niños recién nacidos. Es por eso que había tomado la decisión de mandar su documentación para estudiar en la Universidad de Guadalajara y especializarse en pediatría.

Su otra pasión era la ginecología, especialidad de su madre, Ángeles Marisela Bravo Navarrete.

Kassy, como era llamada cariñosamente por familiares y amigos, creció en un ambiente donde la medicina era el tema de conversación de todos los días, además de su madre, su hermano es paramédico, también se dedica a atender a personas que necesitan cuidados.

La enfermera de 19 años solía pasar sus tardes en el Hospital Regional Pedro Daniel Martínez de Uruapan, Michoacán de donde era originaria. En ese hospital realizó sus servicio social de enfermería y hasta hace poco había comenzado a trabajar en el hospital privado El Ángel como enfermera asignada al área de urgencias.

Kassy era una chica curiosa y dispuesta a aprender de todo lo que pudiera. Estudió cultura de belleza, tomó un curso para poner uñas, otro de pintura y clases de guitarra.

Eso lo combinaba con sus ocupaciones en el Centro Social de Jujutacato en donde bañaba ancianos, así como en los albergues para niños abandonados en donde aseaba a los pequeños que ahí se encontraban y peinaba a las niñas. Lo hacía en su tiempo libre, sin recibir ningún tipo de remuneración.

El 3 de diciembre Kassandra salió cuidar a unos niños en una casa de la colonia El Mirador, de Uruapan. Alrededor de las seis y media, Kassy desapareció en una parada de camión al pie de la carretera.

Durante tres días su familia no supo de su paradero hasta que su cuerpo fue encontrado con el rostro desollado  y con huellas de tortura en la comunidad de Las Cocinas, situada al pie de la carretera que lleva al municipio de Los Reyes.

Días después de haber sido encontrada, el procurador del estado de Michoacán José Martín Godoy Castro señaló que había indicios de que Erika Kassandra pudo haber conocido a su asesino,  y que extraoficialmente se investigaba la hipótesis de que hayan sido un hombre y una mujer que la enfermera conocía, apuntó además que no se ha detenido a nadie por su muerte.

Las cuentas de Facebook y Twitter de Erika Kassandra fueron eliminadas, algo que sorprendió a los familiares de la joven “nosotros no tenemos nada que ver con eso, estamos sorprendidos. No sabemos qué pasó y estamos tratando de investigar” señaló  el primo de la víctima.

Ambas cuentas estaban siendo utilizadas para externar condolencias y la indignación que ha provocado el caso.

Sin haber concluido la investigación, el Procurador de Justicia de Michoacán se atrevió a afirmar que el asesinato de la joven enfermera “no tiene relación con el crimen organizado“ y que sí se debió a un hecho personal y pasional.

Por su parte el gobernador del estado, Salvador Jara, mencionó que “el asunto debía ser tratado con cuidado“ y que “estas cosas ni siquiera tendríamos que tratarlas de manera pública, el hecho de que si hay una alerta o no, si uno hace mucho ruido, se pueden salir las cosas de control”.

Y agregó que las alertas de género se activan solamente cuando ocurren asesinatos de una forma sistemática.

El domingo 6 de diciembre del 2014 familiares y amigos de la joven Erika, realizaron una marcha pacífica en las calles de Uruapan, Michoacán para exigir justicia.

Los uruapenses salieron a las calles vestidos de negro a manifestar su dolor e indignación por la muerte de la jovencita.

Los manifestantes mostraron su hartazgo y sed de justicia ante los últimos acontecimientos registrados en la ciudad durante la movilización que inició en la glorieta de la avenida Latinoamericana y paseo Lázaro Cárdenas esta mañana a las 9:00 horas.

Los inconformes exhibieron pancartas en las cuales reclamaron al comisionado Alfredo Castillo y al presidente Enrique Peña Nieto por lo ocurrido a la joven.

El contingente se desplazó por el paseo Lázaro Cárdenas para demandar el esclarecimiento del homicidio. Los participantes de la marcha distribuyeron un volante con los datos de la víctima, en el cual aparecen su foto y señas particulares. También portaron una manta que decía “Evolución Mexicana”, además de volantes con los fotos de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos.

Los inconformes invitaron a la sociedad a sumarse a la marcha del día siguiente a las 17:00 horas, convocada por un gran número de enfermeras.

La indignación generalizada también se dio en las redes sociales como Facebook y Twitter.

Luego de que los padres de la joven comenzaron a divulgar su desaparición a través de las redes sociales, cientos de usuarios compartieron en sus perfiles imágenes de la enfermera desaparecida desde el pasado miércoles 3, cuando salió de su casa con su uniforme de trabajo.

La tarde del 9 de diciembre de 2014, un grupo de personas de distintas edades se concentraron frente a la representación de gobierno del Estado de Michoacán, en la colonia Nápoles de la Ciudad de México, en un acto de inconformidad ante la indiferencia de las autoridades de esa entidad de la república mexicana

Ni el frío, ni la oscuridad de aquella tarde de invierno hicieron desistir a las y los manifestantes, tanto independientes, como de algunas organizaciones y colectivos. Algunas llevaban velas y fotografías de Érika que portaban como si fuera su rostro, haciéndonos recordar que, en tiempos de violencia sistemática, todas somos víctimas potenciales, pero lo más importante es ser solidarias: ella somos todas.


Muchas voces se alzaron en protesta frente a la representación de Michoacán, algunas en conjunto, gritando consignas y otras tantas resonaban por la calle a través de un megáfono. Entre esas voces, estaba  la de Yakiri Rubí Rubio Aupart, quien hace un año, logró sobrevivir a una agresión sexual y una tentativa de feminicidio. También, se escuchó la voz de Ana Katiria Suárez Castro, la valiente abogada que acompañó a Yakiri durante el proceso legal al que tuvo que enfrentarse cuando el sistema de justicia la inculpó, a pesar de haber llegado en calidad de denunciante.

El objetivo de manifestarse frente a la representación de Michoacán, es enviarle una mensaje de protesta al gobernador, Salvador Jara Guerrero, por minimizar el problema al asegurar que el asesinato de la joven se trata de «un hecho aislado» y ante su negativa a declarar alerta de género aún cuando es la segunda mujer asesinada en una semana en ese estado. Aparentemente, Jara considera que llamar este tipo de homicidios por su nombre –feminicidios– y aceptar que es un problema social, simplemente generaría una «psicosis innecesaria» en la población.


No obstante, Jara no es el único que piensa que el asesinato de Érika es un hecho entre mil, pues el procurador de justicia de Michoacán, José Martín Godoy Castro, sostiene que se trata de un asunto entre particulares, como si ignorara que las particularidades que se repiten a diario, dejan de ser tal para convertirse en nada menos que generalidades, es decir, problemas de magnitud social. También afirmó que, según los datos que arrojó la averiguación previa, la víctima y el victimario se conocían, lo cual es una exhortación a restarle importancia al despojo de las voluntades y cuerpos de las mujeres, pues recordemos que cuando un acto de injusticia queda impune, se convierte entonces en un acto permisible a todos los niveles.

Según familiares, vecinas y vecinos de Érika, un hombre integrante de la Fuerza Rural Estatal de Uruapan, acosaba a la joven desde hacía varias semanas, el presunto responsable lleva por nombre Francisco Manríquez. No es de sorprenderse que el alcalde del estado de Michoacán, Aldo Macías Alejandres, declarara  que: «Son 100 elementos que andan uniformados y los vemos cuando van a solicitar algún apoyo al Ayuntamiento. Algunos no traen uniformes, nos muestran sus credenciales pero no sabemos si son verídicas […] No sabemos si pasaron los exámenes de control y confianza… No tenemos la información de los elementos de la Fuerza Rural que están acreditadas».

El lunes 16 de diciembre del 2014, la Procuraduría General de Justicia del Estado de Michoacán (PGJE)  presentó su versión sobre el asesinato de Erika.
A pesar de que el cadáver de la muchachita enfermera de 19 años cuyo cadáver fue encontrado en brutales condiciones con el rostro totalmente descarnado, cadavérico, irreconocible, las autoridades han informado que en realidad se trató de “algo más simple“, que no hubo desollamiento ni el ensañamiento bárbaro que se visualizó sino que en realidad, fue un asesinato a mano limpia, sin tortura de por medio sólo un forcejeo el cual obviamente perdió la chica a manos nada menos que de su padrastro. Y todo derivado de  una simple discusión casera, encontrando como culpable al padrastro de la joven.


Así, se fortalece la afirmación del gobernador de que era “simplemente un caso aislado“.

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuentos e historias para la ternura. La historia de este día viernes 6 de marzo del 2015. LA HUELLA DE LA COMANDANTA RAMONA. S.I. Marcos

Amigas y amigos

En un par de días se conmemora el día de la mujer. Por esto hoy les envío la historia de una mujer mexicana, escrita por uno de sus alumnos. Espero que les guste tanto como a mi. Un abrazo y saludos.

Pueden encontrar un video con esta historia en esta dirección?  

https://www.youtube.com/watch?v=OlollksGrfI


       La huella de la         Comandanta Ramona





Subcomandante Insurgente Marcos.

La Comandanta Ramona era muy alegre y muy burlona. Decía de broma cuando le tocaba guiarnos a nosotros -porque ella era la única que conocía el camino- que nuestra lucha era buena, porque era lo primero en lo que la mujer iba adelante. Y bromeaba y decía: “cuando ganemos tal vez nos van a alcanzar ustedes, los hombres que todavía van
detrás de nosotras y, entonces, en el nuevo mundo que queremos construir ¡vamos a caminar uno al lado de otro!”. Y lo decía con burla porque la costumbre hasta entonces en las comunidades es que el hombre iba adelante y la mujer atrás, siguiéndolo.

Yo me iba tropezando a cada rato y ella se adelantó. Aunque era muy chaparrita y chiquita pues caminaba como pirinola, o sea como que le daban cuerda y échale los jales, porque no la alcanzaba. Por supuesto, me perdí. Por el peso yo iba mirando abajo y aprendí a seguir su huella. Iba dejando la huella -ella caminaba descalza, yo con botas-, iba dejando su huella…
“Bueno, si se adelanta mucho yo voy siguiendo su huella…” Llegó un momento en que el suelo estaba duro, como aquí. Yo no me había dado cuenta y seguía viendo sus huellas y siguiéndola. Entonces, me paré a descansar, porque entre los pulmones y la pipa pues no, tampoco aguanto mucho. Y entonces me di cuenta, por qué era que estaba dejando huella el pie de Ramona si el piso estaba duro. No sé si era un problema geológico, o algo así, pero volteé a ver y no estaban mis huellas a pesar de que yo usaba botas y era del doble de estatura que Ramona. No entendía por qué su paso dejaba huella y el mío no.
Más adelante la alcancé por fin y le pregunté: ¿ya viste que tu paso sí deja huella y el mío no? “Así es de por sí”, dijo y se siguió.

No entendí entonces. Tiempo después, en la niebla Ramona gustaba jugar que había que caminar la nube, decía, porque llegaba un momento en que la niebla se acostaba completamente sobre las montañas y parecía que estábamos realmente caminando sobre las nubes. Volví otra vez a la parte de la selva y encontré al Viejo Antonio y le conté la anécdota de Ramona -ellos se habían conocido en una de nuestras reuniones-, y se sonrió y me dijo:

-Te voy a contar una historia que cuentan nuestros más antiguos. Los nadie sabedores de nuestros pueblos indios, contaban que en los primeros días les habían escogido a hombres y mujeres grandes, y los hicieron grandes porque grande era su tarea; gigantes, dirían ustedes, ellos usaban la palabra grandes. Y que a esos hombres y mujeres les tocaba, por su estatura, ir marcando el camino para que cuando se fueran muy lejos, la gente que iba atrás los viera de lejos, muy por encima de los árboles. Y que al principio así fue, pero llegó un momento en que esto despertó la envidia y el coraje de otros: de los chiquitos o de los pequeños, y se hizo el gran problema.


Se reunieron entonces los dioses primeros, los que nacieron el mundo y dijeron: “bueno, aquí ya hicimos un problema -ellos sí reconocían cuando hacían mal las cosas, no como los gobiernos de ahora- y entonces, ahora, cómo le hacemos”. Dijeron: “vamos a tener que esconder la grandeza de estos hombres y mujeres de alguna forma” y decidieron hacerlos chiquitos, pero eran gigantes, nada más que de corta estatura. Pero entre que se estaban peleando y se ponían a bailar con la marimba y todo eso -porque eran dioses muy alegres, muy bailadores- se les olvida un detalle y sí les modifican la estatura, pero no el peso. Entonces resulta que estos hombres y mujeres que eran gigantes, eran chiquitos, pero pesaban como gigantes e iban dejando huella.

Decía el Viejo Antonio que para aprender el modo de los indígenas mayas, había que aprender a mirar hacia abajo. Decía que los caxlanes, los tzules, los conquistadores, que tenían diferentes colores, diferentes nombres y diferentes nacionalidades, incluso mexicanos, que nos iban a ir oprimiendo a lo largo de todos estos años interpretaban que los indígenas bajábamos la cabeza como un signo de humillación y obediencia.

Dice el Viejo Antonio: -No, lo que estamos haciendo siempre es buscando la huella que es profunda; aprende a mirar abajo y atrás de que vayas de alguien y sigue la marca, síguelo, no lo pierdas, ¡porque arriba no lo vas a encontrar!

-Y entonces, ¿qué pasa después?- le pregunté al Viejo Antonio.

-Cuando esos gigantes mueren por fin, los dioses dejaron arreglado el problema que todos están pensando: cuando ya están finados, juntos, no va a haber tumba en la que quepan, porque aunque son pequeños de cuerpo, son grandes de estatura. -Y entonces me dijo- para eso es que está la ceiba, estos hombres y mujeres no pueden yacer tendidos; viven y mueren de pie y tienen que estar descansando después de dejarnos, de pie. Estas personas, estos hombres y mujeres, cuando mueren forman parte de la gran ceiba madre, que es la que los arropa.


Años después y todavía, sigo mirando mis pasos y no hay huella, pero sigo recordando el paso de Ramona y de otros compañeros que son los que nos dirigen y sigo viendo que aunque el suelo esté duro, sea árido, aunque haya cemento cuando han salido a la ciudad, siguen dejando una huella muy honda, y siempre me preocupo de ver para abajo para no perderla. Es con esa huella, la de nuestros compañeros, que son los que nos dirigen, como llegamos aquí.

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuentos e historias para la ternura. La historia de este día jueves 5 de marzo del 2015. UN PEDAZO DEL ALMA. Hugo Chávez.

Estimadas amigas y amigos
Este día 5 de marzo se cumplen dos años del fallecimiento de Hugo Chávez, hombre polémico. Odiado por las multinacionales que batean del lado de Estado Unidos, militar, presidente de Venezuela y también escritor de historias, anecdotas y cuentos. Este día lo recordamos con esta historia que se encuentra publicada en su libro Cuentos del arañero, espero que les guste.



Un pedazo del alma


HUGO  CHÁVEZ

HUGO  CHÁVEZ

Yo fui padre la primera vez a los veintiún años. Nació Rosa Virginia, mi terrón de azúcar. Fue creciendo Rosa y vino María y después Huguito. Los veía a ellos muy pequeños, pero yo decía: “Estos no son los únicos niños del mundo”. Yo veía que ellos tenían vivienda, que podían ir a la escuela. Si se enfermaban, los llevaba al Hospital Militar.

Recuerdo que cuando veníamos a Caracas, me paraba en la autopista, en algún borde y les decía: “Miren, ustedes tienen suerte. Tienen un padre que puede, más o menos, proporcionarles un sustento, porque soy militar profesional y tenemos un sistema de seguridad social que los atiende a ustedes. Pero allá arriba, en aquellos cerros, vean cómo andan los niños, muchos sin padre, muchos sin atención de ningún tipo”. Es decir, fui preparando a mis hijos para lo que vino después, que fue muy doloroso.

Nunca olvidaré, como padre, la noche del 3 de febrero de 1992: dejar la casa, dejar los hijos dormidos, echarles la bendición, darles un beso, dejar la mujer y salir con un fusil en la oscuridad. ¡Eso es terrible!, porque uno deja un pedazo del alma.


http://www.cuentosdelaranero.org.ve/un-pedazo-del-alma/#.VPTXvHyG_KM