miércoles, 11 de febrero de 2015

Cuentos e historias para la Ternura. El cuento de este día jueves 12 de febrero del 2015. REGRESAREMOS. Popular.

Amigas y amigos. Hoy les envío este cuento tomado de la película mexicana EL VIOLIN. Don Plutarco se lo cuenta a su nieto en una noche oscura a la luz de la fogata. Lo hemos estado preparando para nuestro concierto del próximo sábado. Lo hemos titulado REGRESAREMOS. Ojala y les guste.Un abrazo.



REGRESAREMOS




Abuelo, ¿Y mi mamá? Pregunta el pequeño nieto de ocho años.

Está con tu tío Rafael.

¿Y mi hermana?

También.

¿Y por qué abuelo?

Porque ahí están mejor.

¿Y cuando van a venir?

No van a venir. Nosotros vamos a ir.

¿Cuándo?

Después, después.

¿Y por qué no nos regresamos para la casa mientras?

Porque no se puede.

¿Y por qué abuelo?

Porque no se puede.


¿Por qué?

“Mira, en el inicio de los tiempos los dioses hicieron la tierra, el cielo, el fuego, el viento, y los animales y luego también crearon el hombre y la mujer y todos vivían felices, pero uno de esos dioses era muy cabrón y puso en los hombres la envidia y la ambición y después los otros dioses se dieron cuenta y castigaron a ese dios juguetón y sacaron de la tierra a los hombres ambiciosos.

Pero acá abajo se les quedaron unos cuantos de los ambiciosos y se hicieron más y más y más y se quisieron adueñar de todo y engañaron a los hombres verdaderos y les fueron quitando de poquito en poquito, hasta que quisieron quitarles todo y los sacaron de sus bosques.


Los hombres verdaderos vieron que eso no era justo y pidieron ayuda a los dioses y los dioses les dijeron que pelearan ellos mismos, que su destino era luchar, pero los hombres ambiciosos era muy fuertes y los hombres verdaderos decidieron esperar y su tierra se llenó de oscuridad y se llenó de tristeza

¿Y luego?  Pregunta el nieto

 … y luego los hombres verdaderos regresaron a luchar por su tierra y sus bosques porque eran suyos, porque los dejaron sus abuelos para sus hijos, y los hijos de sus hijos y eso mismo vamos a hacer nosotros, vamos a regresar”.

¿Y cuando vamos a regresar?

Cuando vengan tiempos buenos

Y cuando van a venir

Pronto, pronto.

¿Cuándo?


Algún día lo sabrás.

lunes, 9 de febrero de 2015

Cuentos e Historias para la Ternura. La Historia de este día martes 10 de febrero 2014, UNA VICTORIA DE LA CIVILIZACION. Eduardo Galeano

Amigas y amigos. En esta ocasión les envío una historia sucedida hace 259 años. Una historia de heroísmo e injusticias. Nuestro pueblos están llenos de historias que reclaman ser recordadas. Espero les guste. Es una historia recuperada por el gran Eduardo Galeano. Un abrazo, y recuerden que los esperamos el sábado 14 de febrero en nuestro concierto Cuentos de Amor y Resistencia para nuestros 43.


Febrero 10

UNA VICTORIA DE LA CIVILIZACION


Ocurrió al norte del río Uruguay. Siete misiones de 
los sacerdotes jesuitas fueron regaladas por el rey 
de España a su suegro, el rey de Portugal. La 
ofrenda incluía a los treinta mil indios guaraníes que 
allí vivían.

Los guaraníes se negaron a obedecer, y los jesuitas, 
acusados de complicidad con los indios, fueron 
devueltos a Europa.

En el día de hoy de 1756, en las colinas de Caiboaté, 
fue derrotada la resistencia indígena.

Triunfó el ejército de España y Portugal, más de 
cuatro mil soldados acompañados por caballos, 
cañones y numerosos ladrones de tierras y 
cazadores de esclavos.

Saldo final, según los datos oficiales:

Muertos indígenas, 1723.

Muertos españoles, 3.

Muertos portugueses, 1.




De Los hijos de los días, Siglo XXI, Buenos Aires, 2012.
* Eduardo Galeano nació en Montevideo en 1940. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Cuentos e historias para la Ternura. El cuento de este día jueves 5 de febrero del 2015. LA PANTERA. Sergio Pitol

Amigas y amigos. Hoy por la mañana escuche la mala noticia de que Sergio Pitol está delicado de salud. Ojala y que pronto se recupere este gran mexicano y escritor. Leerlo en este día se hace necesario. Les envío este cuento de su autoría. Debo anotarles que en internet encontré dos versiones ligermente diferentes y me decidí por publicar esta. (la otra versión la pueden consultar en este link http://orbitaliteratia.blogspot.mx/2010/08/la-pantera-sergio-pitol.html). 

La Pantera es un cuento que data de 1960, aparece por primera vez en el número 15 de la revista La Palabra y el hombre y, más tarde, se insertaría en No hay lugar, en 1967, con una serie de pequeñas modificaciones que tienen una gran importancia en cuanto que hacen su significado aúnmás opaco. Espero que les guste este cuento.

Para El Gasolina, en este triste día.





LA PANTERA


SERGIO PITOL

https://teecuento.wordpress.com/2009/11/21/la-pantera-sergio-pitol/






Ninguna de las magias que atravesaron mi niñez puede equipararse con su aparición. Nada de lo hasta entonces concebido logró confundir tan soberbiamente refinamiento y bestialidad. En las noches siguientes imploré, divertido, al final impaciente, casi con lágrimas, su presencia.

Mi madre repetía que de tanto jugar a los bandidos acabaría por soñarlos. En efecto, al término de unas vacaciones la persecución y la infamia, el coraje y la sangre frecuentaron mis noches. En esa época ir al cine se reducía a disfrutar una sola película con ligeras variantes de función en función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje.

Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lake resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos iba siendo evacuado de un rocoso islote del Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras, me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.

Con plena conciencia de sus riesgos inventé juegos artificiosos que a nadie divertían. Remplacé el consuetudinario antagonismo entre policías y ladrones o el nuevo, y consagrado por el uso y la moda, entre aliados y alemanes por el de otros fieros y extravagantes protagonistas. Juegos donde las panteras sorpresivamente atacaban una aldea, cacerías frenéticas donde las panteras aullaban de dolor y furia al ser atrapadas por cazadores implacables, combates encarniza dos entre panteras y caníbales. Pero ni ellos, ni la frecuencia con que leía libros de aventuras en la selva hicieron posible que la visión se repitiera.

Su imagen persistió durante una temporada que no debió ser muy larga. Con indiferencia fui comprobando que la figura se volvía cada vez más endeble, que mansamente se difuminaban sus rasgos. El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo, anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria. A veces me apremiaba la urgencia de escuchar el mensaje que mi torpeza le había impedido transmitir la noche de su aparición.

Aquel bello, enorme animal cuya negrura brillante desafiaba la noche trazó un elegante rodeo en torno a la alcoba, caminó hacia mí, abrió las fauces, y, al observar el terror que tal movimiento me inspiraba, las volvió a cerrar agraviado. Salió de la misma nebulosa manera en que había aparecido. 

Durante días no cesé de echarme en cara mi falta de valor. Me reprochaba el haber podido imaginar que aquella hermosa bestia tuviese intenciones de devorarme. Su mirada era amable, suplicante, su hocico parecía dispuesto más que para el regusto de la sangre para la caricia y el juego.
Nuevas horas se ocuparon de sustituir a aquellas. Otros sueños eliminaron al que por tantos días había sido mi constante pasión. No sólo llegaron a parecerme tontos los juegos de panteras, sino también incomprensibles al no recordar con precisión la causa que los originaba. Pude volver a preparar mis lecciones, a esmerarme en el cultivo de la letra y en el apasionante manejo de colores y líneas.

Triviales, alegres, soeces, intensos, difusos, torpemente esperanzados, quebrados, engañosos y sombríos tuvieron que transcurrir veinte años para alcanzar la noche de ayer, en que sorpresivamente, como en medio de aquel bárbaro sueño infantil, volví a escuchar el jadeo de un animal que penetraba en la habitación contigua. 

Lo irracional que cabalga en nuestro interior adopta en determinados momentos un galope tan enloquecido que cobardemente tratamos de cobijarnos en ese mohoso conjunto de normas con que pretendemos reglamentar la existencia, en esos vacuos cánones con que intentamos detener el vuelo de nuestras intuiciones más profundas. Así, aun dentro del sueño, traté de apelar a una explicación racional: argüí que el ruido lo producía la entrada del gato que a menudo llegaba a la cocina a dar cuenta de los desperdicios. 

Soñé que reconfortado por esa aclaración volvía a caer dormido para despertar poco después, al percibir con toda claridad, cerca de mí, su presencia. Frente al lecho, contemplándome con expresión de gozo, estaba ella. Pude recordar dentro del sueño la visión anterior. Los años transcurridos sólo habían logrado modificar el marco. Ya no existían los muebles pesados de madera oscura, ni el candil que pendía sobre mi cama; los muros eran otros, sólo mi expectación y la pantera se mantenían iguales: como si entre ambas noches hubiesen transcurrido apenas unos breves segundos. 

La alegría, confundida con un leve temor, me penetró. Recordé minuciosamente los incidentes de la primera visita, y atento y azorado permanecí en espera de su mensaje.
Ninguna prisa atenazaba al animal. Se paseó frente a mí con paso lánguido, describiendo pequeños círculos; luego, con un breve salto alcanzó la chimenea, removió las cenizas con las garras delanteras y volvió al centro de la habitación; Me observó fijamente, abrió las fauces y al fin se decidió a hablar.

Todo lo que pudiera decir sobre la felicidad conocida en ese momento no haría sino empobrecerla. Mi destino se develaba de manera clarísima en las palabras de esa oscura divinidad. El sentimiento de júbilo alcanzó un grado de perfección intolerable. Imposible encontrarle parangón. Na da, ni siquiera uno de esos contados, efímeros instantes en que al conocer la dicha presentimos la eternidad, me produjo el efecto logrado por el mensaje.

La emoción me hizo despertar, la visión desapareció; no obstante permanecían vivas, como grabadas en hierro, aquellas proféticas palabras que inmediatamente escribí en una página hallada sobre el escritorio. Al volver a la cama, entre sueños, no podía dejar de saber que un enigma quedaba descifrado, el verdadero enigma, y que los obstáculos que habían hecho de mis días un tiempo sin horizontes se derrumbaban vencidos.

Sonó el despertador. Contemplé con regocijo la página en que estaban inscritas aquellas doce palabras esclarecedoras. Dar un salto y leerlas hubiera sido el recurso más fácil. Tal inmediatez me parecía poco acorde con la solemnidad de la ocasión. En vez de ceder al deseo me dirigí al baño; me vestí lenta y cuidadosamente con forzada parsimonia; tomé una taza de café, después de lo cual, estremecido por un leve temblor, corrí a leer el mensaje.

Veinte años tardó en reaparecer la pantera. El asombro que en ambas ocasiones me produjo no puede ser gratuito. La parafernalia de que se revistió ese sueño no puede atribuirse a meras coincidencias. No; algo en su mirada, sobre todo en la voz, hacía suponer que no era la escueta imagen de un animal, sino la posibilidad de enlace con una fuerza y una inteligencia instaladas más allá de lo humano. Y, sin embargo, debo confesar que las palabras anotadas eran sólo una enumeración de sustantivos triviales y anodinos que no tenían ningún sentido. 

Por un momento dudé de mi cordura. Volví a leer cuidadosamente, a cambiar de sitio los vocablos como si se tratara de armar un rompecabezas. Uní todas las palabras en una sola, larguísima; estudié cada una de las sílabas. Invertí días y noches en minuciosas y estériles combinaciones filológicas. Nada logré poner en claro. Apenas la certeza de que los signos ocultos están corroídos por la misma estulticia, el mismo caos, la misma incoherencia que padecen los hechos cotidianos.

Confío, sin embargo, en que algún día volverá la pantera.


[México, mayo de 1960]

miércoles, 4 de febrero de 2015

Cuentos e historias para la Ternura. El cuento de este día miércoles 4 de febrero del 2015. AMOR DE DRAGÓN. Gustavo Roldán.

Amigas y amigos. He leído que hoy es el día mundial de la lucha contra el cáncer. Creo que debería ser diario. Y contra todo tipo de cáncer. Clínico, social, político, cultural, en fin. Y entonces pensé en que, tal vez, la mejor medicina en contra todo tipo de cáncer sea el amor. Dijo una vez un gran hombre argentino - cubano que las revoluciones eran producto del amor. Entonces me acordé de este cuento de otro argentino, y se los envío. Espero les guste… y hay que amar como dragones ¿no?

Amor de Dragón



Gustavo Roldán
http://www.imaginaria.com.ar/02/3/roldan4.htm



Cuando los dragones se aman se desatan los maremotos, los volcanes lanzan un fuego endemoniado y los huracanes largan una furia que hace pensar que ha llegado el fin del mundo. Por eso a veces, para amarse sin molestar a nadie, vuelan hasta el cielo más alto, donde las estrellas casi están al alcance de la mano.
Y los dragones creen que el mundo queda en calma. pero se equivocan. Entonces caen rayos y centellas, el cielo parece desplomarse con truenos aterradores, las estrellas fugaces y los cometas de largas colas luminosas corren de un lado para el otro sembrando el pavor, y los tornados enfurecidos se tragan medio mundo.
O la luna o el sol parecen borrarse lentamente en el cielo y todos dicen que hay un eclipse, dando minuciosas explicaciones de cómo la tierra se coloca entre el sol y la luna o la luna delante del sol y etcétera etcétera.
Vanas explicaciones. Las dicen los que nunca miran bien. Si mirasen bien verían claramente la figura de dos dragones que se aman y que van tapando la luz de los astros según se acerquen o se alejen.

Cada vez que alguien piense que está llegando el fin del mundo sólo tiene que abrir los ojos de mirar bien. Los ojos grandes de mirar lejos. Y no creer en tonteras. Pero eso no es nada fácil.

lunes, 2 de febrero de 2015

Cuentos e historias para la ternura. El cuento de este martes 3 de febrero 2015. LA NOCHE DE LOS FEOS. M. Benedetti.

Amigas y amigos. En esta ocasión les envìo la  historia de un hombre y una mujer que se encuentra y descubren que son lo máximo el uno para el otro. El gran Benedetti la escribe con esa ternura que le es característica. En este mundo tan lleno de violencia, explotaaciòn e injusticias, es urgente que a diario nos encontremos con ternuras y emociones como las que se viven en esta historia, y que  aparezcan cientos y cientos de letras como las de Benedetti, tan hermosas, tiernas y tan comprometidas con la humanidad y sobre todo, con los pobres del planeta. Un abrazo y espero que les guste



La noche de los feos


Mario Benedetti







1

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.


2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

domingo, 1 de febrero de 2015

HISTORIAS Y CUENTOS DE AMOR Y RESISTENCIA PARA NUESTROS 43.

La narración oral de historias y cuentos es una forma de ejercer nuestra imaginación, de divertirnos, de ser felices, y también es una forma de de guardar nuestra memoria individual, de las comunidades y pueblos, de fundar y desarrollar nuestras identidades personales, comunitarias y nacionales. 
La narración de historias y cuentos la realizamos para ejercer nuestro derecho a la ternura, entendida esta como el conmover y el conmovernos para construir un mundo en donde quepan todos los mundos, con libertad, justicia, democracia y felicidad. LA TERNURA COMO CONDICIÓN INDISPENSABLE PARA CAMBIAR EL MUNDO.


IMAGINA, Companìa de historias, cuentos, música y canto, invita a nuestras amigas y amigos al

CONCIERTO  
HISTORIAS Y CUENTOS 
DE AMOR Y RESISTENCIA 
PARA NUESTROS 
43.




El sábado 14 de febrero del 2015, a las 18 horas, en el salón Taller de Alebrijes, de  la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles, Calle Francisco Sosa número 202. Barrio de Santa Catarina, delegación Coyoacàn, Ciudad de México, D.F.

  

jueves, 22 de enero de 2015

Cuentos e historias para la ternura. El cuento de este día jueves 22 de enero del 2015. LA MUJER ESQUELETO. Cuento del pueblo Inuit.

Amigas y amigos. Hoy encontré un mensaje de la narradora Ana Griot celebrando que su versión del cuento La Mujer Esqueleto ha sido seleccionada como uno de los mejores libros del 2014. Me di a la tarea de buscar el cuento y encontré esta versión de Clarissa Pinkola-Estés, la cual creo que es un poco diferente a la de Ana Griot, ya que leí la síntesis de esta última narradora en este link (http://www.madrid.org/biblio_publicas/cgibin/abnetopac/O9210/ID1cb4790aACC=161). Seguiré buscando la versión de ella.
 Los Inuit, generalmente conocidos como esquimales, son un pueblo indígena que habita las zonas árticas de Groenlandia, Canadá, Rusia y Alaska. A los inuit no les gusta ser llamados esquimales, ya que consideran que es un término peyorativo. Aunque según la Conferencia Circumpolar Inuit, no se puede generalizar bajo un sólo nombre a los indígenas Inuit y a los de Siberia y Alaska que son Yupik, lingüísticamente y etnológicamente diferentes, ya que son una cultura en peligro (como muchas otras en todo el mundo, porque no solamente estamos perdiendo biodiversidad, sino también la riqueza que caracteriza la diferencia, la riqueza cultural, lingüística y étnica), se organizan juntos en la Conferencia Circumpolar Inuit para defender sus derechos.
En la ciberpágina en donde encontré este cuento, se anota que a partir de un poema oral Inuit de cinco versos contado por Mary Uukalat, Clarissa Pinkola-Estés lo transformó en un cuento literario llamado "La Mujer Esqueleto”.

Entonces, aquí va, espero que les guste tanto como a mí.


La Mujer Esqueleto




Una joven mujer fue arrastrada por su padre a un acantilado y arrojada al mar, por algo que había hecho y era reprobable (como Sedna). Allí abajo su esqueleto, despojado de carne por los peces, daba vueltas y vueltas en medio de las corrientes. Un día, un pescador que se había alejado mucho de la zona donde habitualmente pescaba y no conocía aquel lugar, hundió su anzuelo en el agua y pescó a la Mujer Esqueleto. El pescador pensó que había atrapado un pez muy gordo, mientras luchaba con el enorme peso que colgaba del anzuelo. Cuanto más él se esforzaba, más se enredaba la de abajo con el sedal, a pesar de que se resistía a éste. Así el pescador, que se había dado la vuelta para recoger la red, no vio como surgía la calva calavera de entre las olas. Cuando el joven se dio la vuelta, todo el cuerpo de la mujer estaba colgando de un extremo del kayak. 

El hombre gritó del susto. La golpeaba con el remo para desengancharla y remando como un desesperado huía de ella, pero como estaba enredada en el sedal no la podía dejar. Mucho se esforzó en dejarla atrás zigzagueando con el kayak hasta llegar a la orilla. Se bajó de su kayak con la caña de pescar y corrió, pero vio que la Mujer Esqueleto le perseguía, todavía prendida al sedal. El hombre corrió y corrió, pero ella lo segúia por todas partes, a pesar de los obstáculos. finalmente el hombre llegó a su casa de hielo (un iglú) y avanzó hacia el interior sollozando. Se acostó en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho, pensando que estaba a salvo...por fin.

Pero al encender su lámpara de aceite de ballena la vio acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro y un pie sobre el codo. Más tarde, sin saber cómo explicarlo, se sintió invadido por una cierta compasión y hablándole con dulzura, la desenganchó de su sedal. Trabajó en ella hasta bien entrada la noche y la cubrió con unas pieles para que entrara en calor, acomodándole los huesos como debieran estar los de un ser humano. Se alejó un poco y mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal la veía. Ella no se atravía a decir ni una sola palabra, temiendo que el pescador la arrojara de allí, y rompiera todos sus huesos en pedazos.

El hombre sintió sueño y se deslizó debajo de su pieles. empezó a soñar y una lágrima escapó de sus ojos, como si soñara algo triste o nostálgico. La Mujer Esqueleto al ver el brillo de la lágrima bajo el resplandor del fuego sintió, de repente, mucha sed. Se acercó al hombre dormido y acercó la boca a la lágrima. La pequeña y solitaria lágrima fue como un río y ella bebió y bebió hasta saciar su sed de muchos años. Después se tendió a lado del hombre e introdujo su mano en el interior del pecho del hombre dormido y le sacó el corazón, que palpitaba tan fuerte como un tambor. Ella se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados y se puso a cantar. Y mientrás más cantaba más se llenaba su cuerpo con carne. Pidió cantando cabello, buenos ojos y unas manos rollizas. Pidió cantando la hendidura en la entrepierna y unos pechos grandes para dar calor y envolver y todas las cosas que necesita una mujer. Y cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre dormido y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el gran tambor al cuerpo de su dueño y así ambos se despertaron, abrazados uno junto al otro, enredados el uno en el otro, después de pasar la noche juntos, de una manera buena y perdurable.

La gente que no recuerda la razón de su mala suerte dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que es verdad y que eso es todo lo que se sabe...


http://diosasyhadas.blogspot.mx/2007/07/un-cuento-inuit.html