martes, 16 de diciembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. La historia de este dìa 17 de diciembre 2014. LA LLAMITA. E.Galeano


Amigas y amigos, este día les envío una historia retomada por Eduardo Galeano sucedida hace cuatro años. Una historia conmovedora, para contarse, recordarse y llevarse siempre en el corazón.

Diciembre

17

LA LLAMITA




* Eduardo Galeano 

EEEn esta mañana del año 2010, Mohamed Bouazizi venía arrastrando, como todos los días, su carrito de frutas y verduras en algún lugar de Túnez.
Como todos los días, llegaron los policías, a cobrar el peaje por ellos inventando.
Pero esta mañana, Mohamed no pagó.
Los policías lo golpearon, le volcaron el carrito y pisotearon las frutas y verduras desparramadas en el suelo.
Entonces Mohamed se regó con gasolina, de la cabeza a  los pies, y se prendió fuego.
Y esa fogata chiquita, no más alta que cualquier vendedor callejero, alcanzó en pocos días el tamaño de todo el mundo árabe, incendiado por la gente harta de ser nadie.
De Los hijos de los días, Siglo XXI, Buenos Aires, 2012.



jueves, 20 de noviembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. La historia de este día 20 de noviembre del 2014. DIARIO EN CUBA. 30 de junio 1961. José Revueltas.

Hoy 20 de noviembre es el aniversario del nacimiento de José Revueltas, uno delos más grandes mexicanos. Hay que leerlo y quererlo, esa es mi opinión. Por esto les envío la nota que él puso en su Diario en Cuba el 30 de junio de 1961 cuando viajó allá.  Espero les guste. Un abrazo. Y estoy seguro que José, con Silvestre y Fermín, estará hoy acompañando a los padres y madres de los 43 normalistas de Ayotzinapa.




30 de junio.

Hago mi primera “posta” de miliciano. Mi superior inmediato –el segundo jefe del pelotón al que pertenezco (el 5°)- , Manolo Pérez, es un muchacho delgado, de anteojos y de aspecto marcadamente intelectual. Estamos a la orilla dl bosque de la Habana, donde se encuentra el edificio de Telecolor. Tengo entre las manos un Springfield –no fue necesario enseñarme a manejarlo, es el mismo tipo de fusil con el que hacia yo “practica” cuando estuve en la Correccional, de eso  hace ya treinta y un años. Manolo me muestra mi ára de vigilancia. Señala primero a carretera, a nuestra espalda, que se pierde entre las tenebrosidades del bosque.

-Por este lado no hay ningún peligro… a unos quinientos metros está una posta de la marina…

Luego señala hacia el frente, una carretera que se bifurca, por la izquierda hacia una altozano,  por la derecha, junto al río. En el medio tres ceibas anchas, terriblemente frondosas, negras.

Manolo me da las instrucciones y luego se marcha. Yo había creído que haríamos la posta juntos (en las películas siempre se ven dos centinelas). Pero no. Esta noche ha estallado una bomba que los contrarrevolucionarios pusieron en las proximidades de las calles 21 y L. Hacía tiempo que estaban inactivos, pero parece que vuelven a agitarse.


Tengo mi Springfield en las manos, acaricio su culata y la miro de pronto con ternura inmensa. Alguien ha grabado ahí con una navaja estas palabras: “viva Fidel”.


Foto de Cuauhtémoc Rivera Arroyo.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. El cuento de este día miércoles 19 de noviembre del 2014. ¿Cuánta será la oscuridad?. J. Revueltas.

Amigas y amigos
Después de varios días de ausencia, una vez más reanudamos nuestros envíos, en esta ocasión con un cuento de José Revueltas, que mañana 20 de noviembre se festeja y conmemora el 100 aniversario de su natalicio.
Como muchos saben, José Revueltas fue un gran escritos mexicanos, cuentista, novelista, filósofo, estudiosos de la estética y su relación con el arte, guionista y director de cine y teatro, y sobre todo, un revolucionario honesto y comunista total.
Les envío este cuento de nombre ¿Cuánta Será la Oscuridad?, que cierra la antología Dios en la Tierra, y en donde un grupo de protestantes se refugia en un desierto de magueyes tras ser atacado salvajemente por católicos.

Va pues recordando aquella pinta que hicieron los estudiantes de la UNAM en 1986 “Ay José, cuanta falta nos haces en estas Revueltas”



¿Cuánta será la oscuridad?

                                                                       José Revueltas





Ahora no tenía anteojos y su mirada se había empequeñecido tanto que le era preferible mantener los párpados cerrados sin que pudiese remediar una dura y áspera desolación interior sacudiendo su alma. Así era más pobre y más débil y más humilde de todo lo que antes fue, y aunque esto contribuyera a fortalecerlo dábale miedo dentro del corazón, porque en fin de cuentas no era otra cosa que una humana criatura, con el cuerpo vencido y con los ojos sin siquiera mirar bien, ni siquiera mirar bien las cosas del espíritu porque estaban llenos de asombro de la vida y de la muerte y por ello secos en definitiva. “Pues si la lumbre que está en ti es oscuridad, la oscuridad ¿cuánta será?", recordó las palabras del Evangelio según San Mateo. “Cuan poca es entonces –se dijo-, cuán poca y cuán incierta la pobre luz de los hombres”.

            Como ser humano, como ser dueño de una dignidad natural, jamás se había sentido tan lleno de impotencia. Si abría los ojos, en su torno sólo encontraba manchas casi deshumanizadas que, sin embargo, eran, como él, seres de carne y hueso y con vida. Pero ese abrir de ojos renovaba dentro de su corazón el sentimiento de soledad, de terrible desamparo, dependencia y pequeñez. No tenía fuerzas, tampoco, para rezar, ni fuerzas, ni ideas, ni espíritu, así como, de igual manera, sentíase del todo débil e inútil para decir algo que consolase a la pobre gente que lo rodeaba. Quizá, de tener sus anteojos, se sentiría otra vez fuerte, piadoso y activo, como cuando se inicio en el conocimiento de los evangelios, pero ahora sólo comprendía su propio dolor y su propio miedo.

            Recordaba a los perseguidores, cómo tenían el rostro completamente pálido y cómo la voz ya no era suya. Tal vez sufrieran igualmente que los perseguidores, pero sin duda con un sufrimiento cargado de rencor y de tristeza. Sin embargo, al mismo tiempo pensaba, lleno de alarma, que a los perseguidores, a los instrumentos de venganza, no los perseguiría, como a Caín, el ojo de la Divina Providencia; que eran tan fuertes y lóbregos que el remordimiento jamás podría habitar dentro de sus corazones. ¿Y si volvieran? ¿Si algún grupo de ellos lo encontrase aquí, en medio de su aterrorizado rebaño? ¿Cómo podría huir él, casi ciego, con sus inútiles ojos miopes? Experimentó una amargura indecible, y por instinto, sin darse cuenta, llevó la mano a la altura del pecho por sobre la miserable camisa de manta, para buscar los espejuelos, que ya no estaban ahí, pero que debieran pender de un cordoncito, el mismo que le destrozó la piel del cuello, en un surco de sangre, al serle arrancado por los perseguidores.

            La informe y dura mancha de una mujer se aproximó:
            -Hermano pastor –le dijo-, calme usted a la niña. Haga usted que no llore, por favor.
            La voz de la mujer era temblorosa y queda.
            El pastor abrió los ojos hinchados. Daban lástima, hoy mucho más pequeños, como semillitas.
            -Sólo usted puede calmarla –oyó que agregaba la mujer.

            No quiso replicar una palabra. Miró el rostro opaco de la mujer y hubiera querido besarle la frente y darle las gracias por su fe. Justamente besarle la frente en el sitio mismo de la terrible herida. La mujer mostraba un machetazo de refilón que le había despellejado la mitad de la frente, y ahora, al hablar, espantaba las moscas con la mano y este movimiento era como un ave rítmica, humana y extraña.

            Sí, el pastor había oído a la niña desde hacía varias horas, las horas que llevaban refugiados ahí. Aunque tal vez aquellos gemidos se remontasen a un tiempo más lejano, a un tiempo absolutamente lejano. El pastor había visto cómo era una niña pequeñita y cubierta de sangre, pero seguramente no lloraba por sus heridas sino por algo más espantoso. Al comprender esto sintió toda la infinita inutilidad de su propia vida y de la vida en general. ¿Por qué deberían ser así las cosas? ¿Por qué no habría nada detrás del hombre, sino pavor? Aquella niña lloraba, pero su llanto era un llanto adulto y envejecido, extenso, un llanto más allá de la edad.

            -¡Déjame y vete! –dijo entonces, imperiosamente, a la mujer.
            Los ahí reunidos habían llegado a un punto mortal y solitario que les revelaba lo nunca visto y lo definitivo. El pastor ya no era un hombre de Dios, sino un ser desnudo y sin potestad, y todos estaban desnudos frente a sus propias vidas. Lo ocurrido hasta entonces era más tremendo y más fuerte que la fe y desde ahora comenzarían a contemplar algo extraordinariamente frío, no imaginado nunca.
            La mujer quiso insistir ante el sacerdote, pero de pronto le pareció aquello sin el menor sentido. La pequeña Néstora debía sobrellevar, aún tan pequeña, aún tan sin pecado, todo su sufrimiento, todo su terror, y eso en soledad, sin ayuda de nadie, porque era un niñita a quien le había tocado saber, en un solo golpe, del dolor entero del mundo, como si fuese un testimonio vivo de la impiedad que habita en cada uno de los rincones.

            Regresó a su sitio la mujer junto a la niña y junto a Demetrio, que estaba ahí sentado.
            -Ya está llorando más quedito –dijo Demetrio en relación con la niña y a modo de consuelo.
            La mujer se sentó junto a su hombre, terriblemente absorta y con lo oídos dispuestos tan sólo para oír el llanto de la pequeña. No le importaba ya nada en el mundo sino ese llanto, y ese llanto no cesaría jamás, ni siquiera con la muerte.

            -¿No quiso venir? –preguntó Demetrio señalando con la cabeza hacia el pastor.
            -Creo que no me reconoció –repuso ella con voz sorda-. Creo que se está quedando ciego.

            La pequeña Néstora reposaba entre dos matas de maguey sobre cuyas hojas un delantal servía de mosquitero. Todos los ahí reunidos, Genoveva, Abigail, Timoteo, y desde luego los padres, Demetrio y Rosenda, tenían concentrada su atención, como hechizados, en el sollozar de la niña. Nadie decía una palabra, pues era como un sortilegio oscuro, como una revelación de algo pesado y descomunal que aún no se comprendía del todo pero que era el descubrimiento de un hecho existente en la vida y que ellos hasta ahora no habían sospechado. Un martirio sin medida los ataba a ese llanto; la conciencia de una crueldad inaudita obligábalos a no escuchar ya otra cosa que aquel sollozo sobrehumano.

            Se refugiaban al amparo de una colina, sobre la extensión tristísima del desierto sembrado de magueyes. Era como si el país, sobre su tierra, no tuviese otra cosa que magueyes, hasta el horizonte, y con algo de extrañamente humano, sentados, encogidos, herméticos, como animales humanos y a la vez vegetales. Pero también era como la resurrección porque el cielo, entre las agaves, las volvía, de tan radiante, flores, flores verdes, coronas, laurel espantoso y puro.
            Se refugiaban ahí porque ahí estaba la soledad y quizá a ese sitio no llegasen los perseguidores, no llegara el odio, aunque estaba presente, para toda la eternidad, el llanto de la niña que era peor que el odio y la persecución. Todos callaban. Ahora no podían volver a mirar, frente a frente, el rostro de ningún ser humano, de ningún semejante; ahora ya no comprenderían ese rostro ni si en alguna ocasión hubo un lazo vital, solidario y de especie, entre ese rostro y los propios rostros de ellos. Aunque las cosas volvieran nuevamente a ser normales ya no serían las mismas, pues se había establecido un vacío sin medida que ocupaba todo en derredor, como un mar.

            Abigail tosió y todos sintieron el dolor que aquella tos causaba sobre el cuerpo de la mujer. Se había vuelto fea –cuando antes era lozana, tranquila-, muy sucia, como una bestia, y a simple vista se advertía cómo no se la podía tocar siquiera, a tal grado, por dentro, era un sistema de dolor y de desorden bajo el vientre. Esparrancada, como una parturienta, se tendía completamente inmóvil, completamente inhumana.

            -¡Pobrecita! –exclamó Timoteo, su marido, poniéndole la mano sobre la frente como a una madre enferma, al mismo tiempo que le dirigía una mirada sin luz y sin inteligencia. “¡Pobrecita!” Sin embargo, todos sus deseos eran que muriese. Al verla ahí la odiaba con un rencor sin prórroga, seco y lleno de asco, como se odia una cosa que lastima y a la cual, de ninguna manera, se concede el derecho de lastimar. Comprendía que ella no era culpable de nada, pero algo le decía que, de cualquier modo, era culpable por quién sabe qué razones oscuras e injustas. Culpable tal vez por no haber muerto. Revolvíasele entonces desde las entrañas el reproche bárbaro. “¡Puta! ¡Puta desgraciada!”, y le entraban enormes deseos de llorar.

            Abigail abrió los ojos, quejándose en voz muy baja, como con vergüenza. Al advertir la mirada de Timoteo comprendió que ya nada podría reconstruirse entre ellos y que su amor había terminado para siempre, pero no pudo decir la más pequeña palabra.

            No se movería de ahí ninguno de los fugitivos. Nadie pensaba hacerlo. Aquella era su patria de magueyes, de cactos, patria colérica, patria espesa, con su desesperado cielo.
            “Yo no perdí nada –decíase Genoveva, una de las tres mujeres ahí presentes, las otras dos eran Abigail y Rosenda, sin contar la pequeña Néstora, aún no mujer e hija de Rosenda-, yo no perdí nada y sin embargo estoy sola, abatida y sin esperanza, como si hubiera perdido todo. Yo no perdí sino un pequeño muertecito”.
            Los perseguidores habían llegado a casa de Genoveva, por la noche. El jefe de ellos, furioso, enfermo de furia, tomó por los pies al delicado, majestuoso cadáver de Rito, que era como una hermosa paloma fúnebre en el velorio, como una pequeña ave solemne llegada a la muerte.

            -Este niño –dijo el jefe, y al decirlo sus ojos estaban blancos y sin pupilas, larga y profundamente ciegos- no es hijo de Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. No ha sido bautizado en Dios. Es menos que un perro.
            Entonces tiró de los pies de Rito con una lóbrega violencia iluminada, como si reprodujera un sacrificio antiguo y profundo, exaltado y enternecedor. Los demás hombres sujetaron a Genoveva, mientras del otro lado de la casa, en la porqueriza, oíase el ruido de los cerdos al devorar el pequeño muertecito.

            “Hubiera estado vivo –se decía hoy Genoveva-, pero ya estaba muerto. De todas maneras ya estaba muerto y al día siguiente lo íbamos a enterrar. No sé entonces por qué sufro tanto, ni por qué me siento tan sola en el mundo.”

            Mayor sufrimiento el de Rosenda que vio flagelar a su hijita Néstora. Cubrieron de sangre el cuerpo de la pequeña a fuerza de machetazos y ahora la niña estaba loca y sollozaba sin medida.
            -La bautizaré en la Iglesia Católica –les gritó Rosenda-, pero déjenla. ¡Déjenla, por Dios y todos lo santos!
            Sin embargo los perseguidores no dieron oído a sus palabras y aquello duró como si hubiese durado por toda la vida.

            Hoy era imposible comprender nada. Ahí estaban todos reunidos, pero sin comprender ya nada de la existencia.
           
El viejo pastor protestante, vestido con su calzón de manta y calzado con sus huaraches, parecía dormir, apoyada la cabeza en un montón de tierra y los ojos fuertemente cerrados. Parecía dormir pero abrió los párpados y se convenció de que había perdido la vista por completo. Entonces muy quedamente empezaron a rodar las lágrimas por sus mejillas. Todo estaba consumado



martes, 23 de septiembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. La historia de este día miércoles 24 de septiembre del 2014. Neruda en Colombia. James Petras.


Amigas y amigos.

El 23 de septiembre trae muchas historias, como todo el calendario. Ayer  enviamos La Batalla del Casco de Santo Tomás, y nos quedan por juntar la Toma del Internado del IPN en 1956 por el Ejército Mexicano, el asalto al Cuartel madera allà en Chihuahua y vayan ustedes a saber cuantas más. Hoy queremos recordar a Pablo Neruda que dicen que se fue, pero otros dicen que se quedó, y como dice el Viejo Antonio  “Aunque acá nuestros muertos viven.  Viven, sí, pero no porque lo deseemos, que de por sí… no porque  guardemos su memoria, que de por sí. Viven porque nos han dejado  un debe, un pendiente, un algo que debemos hacer.”

Entonces, recordando al poeta, al comunista, al revolucionario, al latinoamericano, les envío esta historia que James Petras  presenta en su libro Escribiendo Historias. Como siempre, espero que les conmueva, y que Neruda nos siga viendo pa lo que debemos hacer. Un abrazo.

                               


                            
                               Neruda en Colombia


Nos detuvimos un rato en la Peña de los Parra, un agradable bar que regenteaba Violeta Parra y su familia en la calle del Carmen. Años después, periodistas y sociólogos lo transformarían en «un legendario lugar de encuentro de escritores y artistas» de un Santiago más bien serio.

Durante los años sesenta, salvo los fines de semana en que solía estar atestado, era un lugar tranquilo y barato para hablar con los amigos al calor de un canelazo y un plato de empanadas.

Una noche, nos citamos con el escritor y anarquista chileno Manuel Rojas. Mientras charlábamos, Violeta tocó la guitarra y cantó con una voz áspera y quejumbrosa:

«Sólo el amor, con su ciencia, nos hace tan inocentes...».

Mientras bebíamos, le pregunté a Manuel lo que pensaba de Pablo Neruda. Se rió:

–Es un poeta de los grandes, pero políticamente hablamos en idiomas distintos. Hay que reconocer que es muy influyente entre los intelectuales y que tiene muy buena llegada entre la gente de base, y no de Chile nomás, sino de toda América Latina.
–Eso es algo insólito.
–Pero es cierto. Déjeme contarle una historia, James, puede que no sea de verdad... pero de todas maneras podría haber pasado. Así como me la contaron,

Pablo estaba en Colombia, donde lo tenían invitado a dar una serie de conferencias. Iba en un bus. Una tarde, pasaban por un camino rural en una parte muy tupida de la selva cuando un grupo de campesinos paró la máquina. Estaban armados con machetes y unos cuantos rifles.Hicieron bajarse a todos los pasajeros. Uno de los asaltantes se fijó en la corpulencia de Neruda y se le acercó.

–Usted, ¿cómo se llama usted?

–Neruda, Pablo Neruda... –respondió con nerviosismo.

Los ojos del campesino mostraron sorpresa.

–¿Tiene algo que ver con el poeta chileno?

Pablo se tranquilizó. Por un momento, miró los machetes, que brillaban bajo el sol poniente.

–Bueno, yo soy chileno y escribo poesía.

El rostro del campesino se iluminó con una sonrisa.

–Qué oportunidad. Me encantaría que fuera usted nuestro invitado esta noche. Y, si es posible, nos gustaría escuchar algunos de sus poemas.

Pablo esbozó una leve sonrisa.

–Cómo no, si ustedes quieren..., pero ¿cómo voy a llegar a Bogotá?
–Le encontraremos otro bus, no se preocupe... y, si hace falta, lo expropiaremos.

Pablo siguió a los campesinos al interior de la selva, mientras el guerrillero hablaba brevemente con el chófer.

–Esperarán.

Aquella noche comieron pollo asado y aguardiente y Pablo fue el huésped de honor, en el centro de una larga mesa.

Hacía calor y estaba sudando. Miró la plaza improvisada.Estaba llena a rebosar. Familias enteras, madres que amamantaban a sus bebés,abuelas con caras cansadas, adolescentes y, desde luego, campesinos y campesinas llegados con su ropa de trabajo. Sólo unos cuantos habían tenido tiempo para ponerse camisas blancas y blusas.

Allí, bajo una ampolleta desnuda que colgaba sobre una plataforma improvisada, Pablo fue presentado como "el famoso poeta chileno que ha venido a Colombia a recitar sus poesías y ha tenido a bien estar con nosotros esta noche".

Pablo alzó ligeramente las cejas. Luego, observó el mar de rostros. La plaza del pueblo estaba a reventar... las caras se confundían con la penumbra... eran los indios explotados sobre los que él había escrito.

Empezó a recitar de memoria. Su voz resonaba en la oscuridadcon una cadencia armoniosa. La masa de gente escuchaba con atención, caras quemadas, frentes que brillaban en la noche. Pablo recitó Alturas de Machu Pichu:

Mírame desde el fondo de la tierra,
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:...


Entonces, dudó; su memoria le falló en el silencio de aquel pueblo abandonado en medio de la selva. Su anfitrión, el campesino que había agitado el machete y que detuvo el bus, se levantó y, con voz clara, continuó:

...alfarero en tu greda derramado:
traed la copa de esta nueva vida
vuestros viejos dolores enterrados.
Mostradme vuestra sangre y
vuestro surco,
decidme: aquí fuicastigado,
porque la joya no brilló o la tierra
no entregó a tiempo
la piedra o el grano:
señaladme la piedra en que caísteis
y la madera en que os crucificaron...


Pablo rió satisfecho, aliviado. Se abrazaron.

A la mañana siguiente, subió al bus y miró por la ventanilla. Sonreían, diciéndole adiós.

–Adiós, compañeros –murmuró.

El motor arrancó.

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. La historia de este día martes 23 de septiembre del 2014. LA BATALLA DEL CASCO DE SANTO TOMÁS, 23 DE SEPTIEMBRE DE 1968.




Amigas y amigos, les envío la tercera historia de la resistencia politécnica a los grupos policíacos, paramilitares y militares en 1968. Espero que les conmuevan. Son tres testimonios de estudiantes politécnicos que participaron activamente en ese movimiento estudiantil. Un abrazo


LA BATALLA DEL CASCO DE SANTO TOMÁS, 
23 DE SEPTIEMBRE DE 1968.




Para el 23 de septiembre, las escuelas se habían transformado para muchos de nosotros en nuestras casas, sobre todo los que veníamos de provincia. Comíamos, dormíamos. Todo giraba en torno a las escuelas. Llegaban estudiantes a las cafeterías, convertidas en comedores; no sólo los de guardia, todos, y el lumpen y gente que llegaba. Además, nos llegaban provisiones de todos lados. Siempre teníamos comida abundante.
Días antes ya nos tenían muy hostigados. Desde fines de agosto. Un día llegaron esos paramilitares y un compañero, el Chivo Arrod, se les enfrentó, y un paramilitar le sacó la pistola y estaba a punto de dispararle cuando una señora, de unos sesenta años o más y toda tembeleque, que tenía una lonchería, sacó un cuchillo, se lo puso en la frente al tipo: “Usted que lo mata y yo que lo atravieso”.
La situación de violencia era generalizada y no éramos nosotros quienes la habíamos desatado.
La batalla del 23 de septiembre se inició prácticamente entre las seis y las siete de la tarde. Una cantidad considerable de compañeros salieron asustados de lo que estaba sucediendo; la policía ya no estaba jugando sino venía armada y los enfrentamientos eran bastante serios, particularmente en la Escuela de Economía. Yo no lo vi, pero hubo compañeros que dijeron que ahí había algún rifle 22, aparte de las bazucas esas y piedras.
Recuerdo el espectáculo tan impresionante que había en la Escuela de Medicina, donde había compañeros heridos en la plancha de operaciones y disección, y ahí se quedaban. Llegaban compañeros heridos, muy graves, porque la herida que ocasiona un rifle Máuser es verdaderamente espectacular. Uno de los lugares que tomaron primero fue precisamente Medicina. Lo tomó la policía montada. El Casco finalmente lo tomó el ejército.
Cuando la resistencia del Casco de Santo Tomás, con los antecedentes de Zacatenco y Tlatelolco, nuestra actitud frente a los granaderos había cambiado mucho En vez de sentirnos siempre reprimidos, avanzábamos, los enfrentábamos cada vez más. Si en Tlatelolco nos habíamos preparado para enfrentarlos, los habíamos provocado, cuando se da la defensa del Casco de Santo Tomás ya los estábamos esperando. Para entonces ya habíamos recibido muchas experiencias de resistencia de los compañeros ferrocarrileros, la gente de Tepito y Peralvillo.

En el Casco luchamos primero contra los granaderos, y luego con la policía montada. Mientras que los granaderos generalmente utilizaban gases lacrimógenos y pistolas 38 cuando mucho, la policía montada usaba mosquetones y Máuser, con características muy similares a las del ejército.
Participaron prácticamente todas las escuelas, incluyendo la ESCA, la Escuela Superior de Economía, Ciencias Biológicas, Medicina, Enfermería, que ya se había integrado totalmente al movimiento, Voca Tres, Voca Seis “Wilfrido Massieu”; ya para entonces habíamos tomado la FNET y por lo tanto el Casco lo teníamos todo.

Habíamos perfeccionado nuestro arsenal. Hicimos unas bazucas con cohetones (cohetes de arranque), que se prenden y salen conducidos con un tubo de agua de tres cuartos; esos nos daban posibilidad de apuntar.

Es necesario destacar lo patético que es ese proceso, no se cómo describirlo. Había compañeros que se enfrentaban, pero otros salían despavoridos. Empiezan a cundir la desesperación, el pánico, la impotencia. Y luego empiezan a llegar noticias de compañeros que han muerto, de tal forma que se genera una situación verdaderamente dramática.

Esa fue la experiencia más dramática de mi vida. Fue la primera vez que sentí miedo a la muerte. Ahí eran nuestras casas. No había a dónde ir.

Para el 2 de Octubre yo ya experimentaba una verdadera sicosis. Palabra que en el Casco de Santo Tomás yo sí vi la muerte. Me entró pánico. Caminaba por muchos lados y sentía que la muerte estaba muy cerquita, que muchos compañeros habían tronado ahí, o por lo menos esa idea tenía yo. Posteriormente nos fuimos rencontrando muchos pero la imagen que nos deja el Casco de Santo Tomás es de que debieron haber muerto muchas gentes. No fue así. Sí hubo muertos, pero pocos en relación a la violencia.


                                                    Jaime García Reyes



En esas épocas hasta engordábamos. Llegábamos en brigada a un mercado a botear, nos daban canastas de víveres. Pero, no podemos decir que nos enfrentábamos porque sí. Nos asediaban. Por las noches era común que paramilitares o policías entraran a las escuelas para asaltar con medias en la cara, fundamentalmente las escuelas prevocacionales.

De pronto hay cortos circuitos y se va la luz en esa zona. La policía hizo chocar los cables de alta tensión y se rompieron los alimentadores. Las escuelas se inundaron porque la balacera tronó los tinacos y había muchísima agua. 

Entonces, los muchachos hicieron una defensa en condiciones muy difíciles. Pero cuando entra el ejército, hasta los heridos habían sido sacados por las partes traseras. O sea, no hacen muchos prisioneros.

En la toma de cualquier plaza, alguien con un altavoz dice: “ríndanse” o cualquier cosa. Pero en Santo Tomás no hay intento de negociación; el ejército, las fuerzas paramilitares y la policía actúan para el desalojo. No permitieron una rendición. Se trataba de matar, destruir. La resistencia era de vida o muerte. ¿Cómo decir “bueno, ahí muere señores. Nos rendimos. Tomen la plaza”.
                                     
                                               Fernando Hernández Zárate



La secuencia es: Primero, granaderos; intentan acercarse y son rechazados completamente, una de las cosas que causa mucho impacto en ellos son las bazucas. Posteriormente llega la policía montada y por último el ejército. Los que estábamos en Zacatenco, al tener conocimiento de este enfrentamiento, vamos al Casco y lo encontramos rodeado por el ejército. A eso de las diez u once de la noche es un zangaloteo de balazos y estallidos.

Cuando por fin entran el ejército y la montada, no agarran a nadie; encuentran compañeros muertos en la Escuela de Medicina pero nada más.

Es el punto que me parece más significativo, la defensa de nuestra institución, nuestra casa, el lugar donde vamos a realizar la posibilidad de nuestra superación. Es todo. Es muy diferente a la actitud del universitario, no por menospreciar. Se ve en la Voca Cinco, la Voca Siete, Zacatenco. Cuando sale el ejército nos volvemos a posesionar de los planteles para cuidar nuestras bancas, los laboratorios, la maquinaria, la biblioteca. En nuestra escuela no se perdió un solo libro, no se destruyó absolutamente ningún equipo de laboratorio ni de maquinaria; teníamos máquinas costosas.

Esta resistencia también se dio en las Prepas Uno, Dos, Tres, Cinco, Nueve, pero donde tuvo más significado y heroismo fue en el Politécnico. Nunca hubo la idea de rendirnos. Frente a la fuerza, nunca se nos ocurrió decir: “Vamos a rendirnos”, sino “Vamos adelante, vamos adelante”. Esto se mantuvo incluso después del 2 de Octubre.

                                                                       David Vega

Jaime García Reyes, hijo de una maestra normalista que participó en el Movimiento Revolucionario del Magisterio, militó desde muy joven con los comunistas de la Liga Espartaco, estudió en la Escuela Superior de Economía y actualmente da clases en el IPN y el CCH Sur.

Francisco Hernández Zárate nació en Orizaba, Veracruz, donde su padre, obrero de la Cervecería Moctezuma, sufrió cárcel por su actividad sindical. Egresado de la Escuela Superior de Economía, desde hace varios años trabaja como asesor de diversas organizaciones agrícolas afiliadas a la Confederación Nacional Campesina.

David Vega, hijo de un maestro normalista que participó en el movimiento henriquista, estudió en la Escuela Superior de Ingeniería Textil, trabajó muchos años en la industria textil y ahora dirige una escuela técnica en el estado de Puebla.

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. La historia de este dìa 22 de septiembre del 2014. LA BATALLA DE ZACATENCO. 22 DE SEPTIEMBRE 1968

Amigas y amigos, en esta ocasiòn les envìo la historia de la Batalla de Zacatenco. Como podràn ver, es un trilogìa de Batallas de los estudiantes del Politecnico en contra de los granaderos, grupos paramilitares y el Ejercito Mexicano. El 21 de septiembre  la Vocacional 7, el 22 Zacatenco y el 23 el Casco de Santo Tomàs. Se ve que los chavos, chavas, porfesores y profesoras del IPN eran bravos, valientes y cabrones. Va pues esta batalla de Zacatenco en el testimonio de Fernando Hernández Zárate. La fuente es la misma de ayer, la revista Nexos, en el mismo link. Sale, un abrazo para ustedes y mis respetos y admiraciòn para aquellos que ese dìa se la rifaron y jugaron la vida e inclusive la perdieron.





22 DE SEPTIEMBRE DE 1968 
LA BATALLA DE ZACATENCO

A mí me tocó la resistencia en Zacatenco. Para nosotros era importantísimo cuidar los mimeógrafos, el papel que teníamos en las escuelas superiores y en las escuelas vocacionales. El domingo 22 de septiembre, organizamos la resistencia contra los granaderos para tener la oportunidad de sacar todo ese material. Como Zacatenco es muy grande, pedimos refuerzos del Casco de Santo Tomás. Fue entonces cuando me dieron un balazo y me hicieron pedazos todo el cuerpo,por una traición. Yo tenía un compañero que siempre andaba conmigo; incluso en mis viajes de Zacatenco a CU los hacía en el asiento trasero de su motocicleta.El desplazamiento era complicado y yo tenía la responsabilidad de mi escuela,era el Secretario General de la Sociedad de Alumnos y en ese momento del Comité de Lucha de la Escuela Superior de Economía. Cuando terminó el enfrentamiento con los granaderos en Zacatenco, mi acompañante me señaló que ya habían sacado todo y que era necesario huir.

Entonces, me dice: “Aquí vive mi tía. Súbete a la azotea y yo subo luego por ti”. Me subo y espero, me asomo por la azotea y lo veo platicando con un comandante de granaderos, luego suben como ocho ganaderos rompiendo cristales y van por mi y me agarran a patadas, me dan golpes, me lesionan de la cara, todavía tengo la cicatríz, me desvían el tabique, me lastiman la próstata, me dan un balazo en la pierna. Bajo todo golpeado, voy botando sangre por la boca y la nariz, por la pierna. La pierna no la sentía yo. Tenía una fractura en la clavícula y dolores intensísimos. Cuando bajo me cachetea un comandante de los granaderos (debe vivir) y me dice: “Comunistas hijos… Dime, grítame lo que nos decías que somos”. 

Me pega en la cara y yo siento desfallecer. Entonces, me arrastran hasta una panel y supuestamente me llevan preso; dentro de la panel iban tres señoras, jóvenes también; yo vengo sangrando por todos los golpes que me habían dado, los testículos me empezaron a crecer de una manera horrible y ya no veía más con un ojo, este otro lo tenía muy dañado, una lesión que me hicieron en la cabeza y yo sentía que me iba a desmayar. 

Empiezo a quejarme y las señoras gritan a los que iban conduciendo la panel “se está muriendo”, se paran y me trepan a una ambulancia de la Cruz Verde y de ahí me llevan al Hospital de Traumatología de La Villa. En el hospital me esposan a la cama, me ponen suero, me meten una sonda y me empiezan a revisar. Me dice un médico: “Oye muchacho, vienes muy mal pero a ver qué hacemos”. En ese momento llega el médico legista de la policía, me revisa y dice: “Me lo tengo que llevar”. El otro médico le dice: “Tan pronto como termine y le saquemos unas placas pueden hacer con él lo que quieran, pero en estos momentos está bajo mi responsabilidad”. Sentí solidaridad de parte del cuerpo médico y de las propias enfermeras que estaban ahí, muy pendientes. Me dice uno de los médicos: “¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Le podemos avisar a tu familia?” Entonces, yo doy el teléfono de unos compañeros de la Escuela de Medicina, porque ya teníamos preparado un equipo que ha había sacado a otros compañeros de los hospitales donde caían heridos. Se formaba una brigada, se uniformaban de médicos y como eran estudiantes de medicina tenían acceso.

Fueron por mí a las nueve de la noche, cuando se hacía el cambio de guardia y estaba por irme a recoger la policía. Entonces llegan los compañeros de Medicina y me trepan a un Renol sin asiento; en ese momento también le dicen a unos ambulantes que saquen una ambulancia con la sirena abierta y llegan otros compañeros del Politécnico con piedras. Las patrullas y motocicletas persiguen a la ambulancia mientras me conducen a Tlatilco, porque nosotros habíamos logrado el apoyo de la zona de Santa Julia, Atzcapotzalco,Tlatilco, Santa María la Ribera, nuestros lugares comunes, donde vivíamos. Allíla gente nos recibía en sus casas. Después, ya puder irme a un hospital en las afueras de la ciudad.

De esas colonias salieron durante el movimiento jóvenes lumpen que también tenían mucho contra la policía y participaron en los Comités de Lucha con nosotros, trabajando, repartiendo volantes. No eran estudiantes pero se sumaban a las manifestaciones y cuando había represión ellos se fajaban con nosotros a la hora de los enfrentamientos. Entonces sucedió algo que fue publicado en los periódicos: hubo renuncias masivas de la policía preventiva y de los granaderos. Al paso de los años he podido platicar con distintas personas; algunos alumnos del Politécnico eran hijos de policías, granaderos, o agentes. Con las renuncias vino un descontrol de los cuerpos policiacos; por eso entró el ejército.

En esos días, buena parte de la ciudad estaba paralizada.Las brigadas políticas tenían una función tremenda para levantar a la población civil. Una vez nos fuimos en una brigada al Teatro Blanquita. Esto había sido como el 18 de septiembre. Dos o tres compañeros agarraron a los dos policías dela entrada y les dijeron: “No se muevan”. Entramos e hicimos un mitin con el público, mucha gente de provincia. Estaba tocando Pérez Prado. Nos quiso interrumpir el baterista y Pérez Prado hizo que se callara, nos dio chance de hablar y una vez que terminamos él mismo se tiró un rollo. Les dijo en su estilo que se trataba de una lucha de los jóvenes y nos dedicó el mambo del Politécnico.


También establecimos un contacto muy estrecho con el Movimiento Revolucionario Ferrocarrilero, y hacíamos mítines en Pantaco. Los ferrocarrileros nos dijeron un día: “Ustedes no saben luchar, muchachos. Les vamos a decir de qué manera deben hacerlo” y nos regalaron tres peroles llenos de tuercas de deshecho; nosotros, como éramos de provincia,sabíamos manejar la honda. Las tuercas nos fueron muy útiles para defender el Casco y Zacatenco.





Francisco Hernández Zárate nació enOrizaba, Veracruz, donde su padre, obrero de la Cervecería Moctezuma, sufrió cárcel por su actividad sindical. Egresado de la Escuela Superior de Economía,desde hace varios años trabaja como asesor de diversas organizaciones agrícolas afiliadas a la Confederación Nacional Campesina.

sábado, 20 de septiembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA.La historia de este día domingo 21 de septiembre del 2014. La batalla de la Vocacional 7.

Amigas y amigos. Hoy les envío una historia sucedida en 1968 durante el Movimiento Estudiantil de aquel año. Yo estaba re chavito pero mis hermanos estaban metidazos en ese movimiento y Jesús (él estudiaba en la Vocacional 3) estuvo en esa  Batalla. Recuerdo que mis padre y yo fuimos a buscarle a la Vocacional 7 y presenciamos muchas cosas de las que estos relatos narran, como la participación de los vecinos en la batalla de esa noche.
Recuerdo que aquella noche mi hermano llegó a casa con un golpazo muy fuerte en la rodilla derecha porque una bomba de gas lacrimógeno le pegó, y lo que más le impresionó a él, nos dijo, es que un compañero estudiante recogió la bomba con la mano y de un lance la regresó hacia los granaderos
Como a diario, la lucha de la memoria en contra del olvido, por eso hago este envío. Espero les guste. Un abrazo y que el espíritu de los jóvenes , jóvenas, niñas y niños del 68 viva siempre en nosotros.
Los relatos son de Jaime García Reyes y Francisco Hernández Zárate, y los encontrè en la revista Nexos, este es el link, les recomiendo la lectura completa.




LA BATALLA 
DE LA VOCACIONAL 7.  
21 DE SEPTIEMBRE DE 1968.

Jaime García Reyes: Cuando el bazucazo y la toma de la Prepa Uno, nosotros estábamos en la Vocacional Siete. Sabíamos que habían tomado la Vocacional Cinco y que venía un camión del ejército. Se discutió mucho si ofreceríamos resistencia al ejército, incluso nos intentamos parapetar, amarramos cadenas, pusimos mesabancos y varios compañeros estaban dispuestos a quedarse ahí agarrados de la mano para impedir que el ejército tomara la escuela. Sin embargo, al oír las noticias de lo que está sucediendo, y en el momento en el cual vimos llegar las tanquetas, decidimos correr. Salió mucha gente de Tlatelolco a gritarle al ejército; probablemente se dispararon algunas balas.

Muchos se fueron a refugiar en la Unidad Habitacional. Ahí empezó a gestarse una cierta identidad entre los estudiantes y los habitantes de Tlatelolco. En esa época yo vivía ahí, en Tlatelolco, y muchos compañeros de la Vocacional Siete se refugiaron en el departamento que tenía con mis hermanos. Sin embargo, nosotros teníamos temores y nos fuimos; pasamos toda la noche vagando por Buenavista y a la mañana nos encontramos con que ya habían sido tomadas todas las escuelas y que en la Vocacional Siete habían detenido a mi hermana Oralia. En el Poli había pocas mujeres, y su detención causó malestar. Estuvo detenida unos tres días. A una asamblea nuestra asistieron los del Comité Ejecutivo de la FNET y prometieron conseguir la libertad de Oralia. Los estudiantes se enardecieron y le hicieron una valla a Rosario Cebreros y otras gentes desde el auditorio hasta la calle, los sacaron a patadas, los escupían, los golpeaban. El primer acto violento en contra de los dirigentes de la FNET se dio ahí precisamente. De nada sirvieron sus porros y golpeadores. Se les dio una tranquiza realmente vergonzosa para cualquier gente. El retrato de Oralia salió en El Sol de México del mediodía, y posteriormente en Siempre!, en una columna de Renato Leduc quien la presenta como una niña detenida, víctima de una monstruosidad: una chiquilla que apenas debe de tener catorce años, agredida por la policía.

Se iba creando un clima de violencia muy agudo. Así, al llegar al sábado 21 de septiembre supimos que otra vez venían los granaderos. Nos preparamos desde la mañana para enfrentarlos. Considerábamos que la represión no tenía posibilidades si era a través del enfrentamiento. Ese sábado nos dedicamos a preparar un enfrentamiento con los granaderos, a provocarlos para que se acercaran. En la Vocacional Siete confeccionamos bombas Molotov y las fuimos subiendo a los techos de Tlatelolco. Un espectáculo padrísimo fue ver a los niños de Tlatelolco, con cucharas, escarbando y sacando piedras, porque Tlatelolco estaba empedrado, y subían enormes cantidades de piedras a los edificios. Quemamos trolebuses, quemamos patrullas, quemamos un jeep de Tránsito, interrumpimos el tráfico por San Juan de Letrán; eso fue durante todo el día, mientras los granaderos en ese momento estaban muy ocupados enfrentando a los estudiantes de Zacatenco. Concurrieron a Tlatelolco estudiantes de prácticamente todas las escuelas. Decíamos: “en Zacatenco nos están golpeando, vamos a provocar situaciones para que vengan por nosotros que sí estamos preparados para enfrentarlos”. Como no venían nos fuimos al paseo de la Reforma, en el cruce de Insurgentes; rompimos los semáforos para interrumpir el tráfico. Cerca de las cinco de la tarde pensábamos ya que no iban a llegar y los de otras escuelas se empezaron a retirar, pero como a las seis y media llegaron los granaderos y se inició ahí una de las batallas más terribles que hayamos tenido contra ellos, y con un saldo positivo para nosotros. Los granaderos concentraron su ataque sobre la Vocacional Siete, cuando nosotros ya habíamos salido a los alrededores o a los edificios. En la Vocacional se habían quedado aproximadamente dos personas, pero esa noche los granaderos no entraron a la Vocacional, porque nos habíamos parapetado en los edificios y cuando llegaron los atacamos por todos lados. La gente de Tlatelolco descubrió que los boilers automáticos, que en aquella época eran una novedad, permitían tener agua muy caliente. Cuando se acercaban los granaderos, les echaban baldes de agua caliente. Nosotros utilizábamos las piedras y las bombas Molotov, y mientras ellos agotaban sus gases lacrimógenos contra la Vocacional, algunos muchachos les tiraban piedras con hondas. Los granaderos contestaron también con piedras. Los teníamos acorralados.

La lucha se extendió hacia Peralvillo, la Exhipódromo y Tepito. En Exhipódromo de Peralvillo les aventaban llantas encendidas. La lucha, más o menos con ese grado de intensidad, se mantuvo de las siete a las doce de la noche. Algunos compañeros de la Vocacional, un poco más aventados, se metieron entre las ruinas de Tlatelolco, y arrojaron bombas Molotov al edificio de Relaciones Exteriores, que se empezó a incendiar. Había granaderos por ahí y agentes de tránsito que dejaron sus patrullas para apagar el fuego. Entonces nuestros compañeros les dieron la vuelta y mientras ellos apagaban les quemaron las patrullas, tres motocicletas y un jeep. Por ahí había un supermercado y no se quien lo quemó, la gente salió a apagarlo. Los granaderos se vieron imposibilitados totalmente y se suscitó un incidente grave. Un militar que andaba de civil, de apellido Urquiza, intentó llegar a su ‘casa en Tlatelolco, y vio que unos granaderos golpeaban a su madre. El tipo sacó su pistola y mató a dos granaderos.

A las doce de la noche no había un sólo detenido, los granaderos habían agotado sus provisiones de armas, habían muerto dos de ellos, y se pusieron a disparar, a mí me consta. Vi granaderos disparando con pistola. Cuando ya estaban totalmente derrotados, llegó el ejército, y nosotros, como si no hubiera pasado nada, nos bajamos a dialogar con un general que encabezaba el batallón ese.

En ese momento, la prensa niega todo lo que está sucediendo. Resalta la muerte de los granaderos en manos del militar pero minimiza la situación de Tlatelolco. Leyendo los periódicos uno piensa que nada sucedió. Ese día no tomaron la Vocacional Siete. Al día siguiente, domingo, la Vocacional está impenetrable por la cantidad de gases lacrimógenos que hay impregnados. Se hace una especie de caminito para que la gente entre a verla, como si fuera un monumento o una visita guiada. Los habitantes de Tlatelolco bajan a la iglesia, salen de misa y entran a la Vocacional, la recorren, ven la enorme cantidad de balazos por todas partes. A la entrada, les repartimos a los visitantes una gasa con vinagre para que puedan recorrer la Vocacional y nuestras finanzas crecen de una manera extraordinaria; así como van y depositan su limosna en la iglesia, aquí a la entrada ponemos un tambo grande y la gente que entra con su vinagre a recorrer la Vocacional echa dinero. Ese domingo, una enorme cantidad de gente de Tlatelolco visita y reconoce la Vocacional, sube a todos los pisos, ve los laboratorios y descubre lo que han hecho los granaderos.

Hernández Zárate: En Tlatelolco había dos escuelas pertenecientes al Poli: la Prevocacional Cuatro y la Vocacional Siete. Era notable ver a los niños y jovencitos de la Prevocacional Cuatro, de catorce o quince años, de una agresividad pasmosa.

Jaime Reyes García: Había otra secundaria enfrente, la 83, no politécnica; más adelante otra más. Todos esos chavitos de secundaria, aprovechando el sábado (en aquellas épocas iban los sábados a la escuela pero salían temprano), se integraron para pertrecharse contra los granaderos. Muchos eran habitantes de Tlatelolco. Teníamos las azoteas de los edificios llenas de chavos con piedras gordas, porque esa era la forma en que se empedraba la unidad, pura piedra gorda que era buenísima para aventar.

Jaime García Reyes, hijo de una maestra normalista que participó en el Movimiento Revolucionario del Magisterio, militó desde muy joven con los comunistas de la Liga Espartaco, estudió en la Escuela Superior de Economía y actualmente da clases en el IPN y el CCH Sur.

Francisco Hernández Zárate nació en Orizaba, Veracruz, donde su padre, obrero de la Cervecería Moctezuma, sufrió cárcel por su actividad sindical. Egresado de la Escuela Superior de Economía, desde hace varios años trabaja como asesor de diversas organizaciones agrícolas afiliadas a la Confederación Nacional Campesina.