miércoles, 19 de noviembre de 2014

CUENTOS E HISTORIAS PARA LA TERNURA. El cuento de este día miércoles 19 de noviembre del 2014. ¿Cuánta será la oscuridad?. J. Revueltas.

Amigas y amigos
Después de varios días de ausencia, una vez más reanudamos nuestros envíos, en esta ocasión con un cuento de José Revueltas, que mañana 20 de noviembre se festeja y conmemora el 100 aniversario de su natalicio.
Como muchos saben, José Revueltas fue un gran escritos mexicanos, cuentista, novelista, filósofo, estudiosos de la estética y su relación con el arte, guionista y director de cine y teatro, y sobre todo, un revolucionario honesto y comunista total.
Les envío este cuento de nombre ¿Cuánta Será la Oscuridad?, que cierra la antología Dios en la Tierra, y en donde un grupo de protestantes se refugia en un desierto de magueyes tras ser atacado salvajemente por católicos.

Va pues recordando aquella pinta que hicieron los estudiantes de la UNAM en 1986 “Ay José, cuanta falta nos haces en estas Revueltas”



¿Cuánta será la oscuridad?

                                                                       José Revueltas





Ahora no tenía anteojos y su mirada se había empequeñecido tanto que le era preferible mantener los párpados cerrados sin que pudiese remediar una dura y áspera desolación interior sacudiendo su alma. Así era más pobre y más débil y más humilde de todo lo que antes fue, y aunque esto contribuyera a fortalecerlo dábale miedo dentro del corazón, porque en fin de cuentas no era otra cosa que una humana criatura, con el cuerpo vencido y con los ojos sin siquiera mirar bien, ni siquiera mirar bien las cosas del espíritu porque estaban llenos de asombro de la vida y de la muerte y por ello secos en definitiva. “Pues si la lumbre que está en ti es oscuridad, la oscuridad ¿cuánta será?", recordó las palabras del Evangelio según San Mateo. “Cuan poca es entonces –se dijo-, cuán poca y cuán incierta la pobre luz de los hombres”.

            Como ser humano, como ser dueño de una dignidad natural, jamás se había sentido tan lleno de impotencia. Si abría los ojos, en su torno sólo encontraba manchas casi deshumanizadas que, sin embargo, eran, como él, seres de carne y hueso y con vida. Pero ese abrir de ojos renovaba dentro de su corazón el sentimiento de soledad, de terrible desamparo, dependencia y pequeñez. No tenía fuerzas, tampoco, para rezar, ni fuerzas, ni ideas, ni espíritu, así como, de igual manera, sentíase del todo débil e inútil para decir algo que consolase a la pobre gente que lo rodeaba. Quizá, de tener sus anteojos, se sentiría otra vez fuerte, piadoso y activo, como cuando se inicio en el conocimiento de los evangelios, pero ahora sólo comprendía su propio dolor y su propio miedo.

            Recordaba a los perseguidores, cómo tenían el rostro completamente pálido y cómo la voz ya no era suya. Tal vez sufrieran igualmente que los perseguidores, pero sin duda con un sufrimiento cargado de rencor y de tristeza. Sin embargo, al mismo tiempo pensaba, lleno de alarma, que a los perseguidores, a los instrumentos de venganza, no los perseguiría, como a Caín, el ojo de la Divina Providencia; que eran tan fuertes y lóbregos que el remordimiento jamás podría habitar dentro de sus corazones. ¿Y si volvieran? ¿Si algún grupo de ellos lo encontrase aquí, en medio de su aterrorizado rebaño? ¿Cómo podría huir él, casi ciego, con sus inútiles ojos miopes? Experimentó una amargura indecible, y por instinto, sin darse cuenta, llevó la mano a la altura del pecho por sobre la miserable camisa de manta, para buscar los espejuelos, que ya no estaban ahí, pero que debieran pender de un cordoncito, el mismo que le destrozó la piel del cuello, en un surco de sangre, al serle arrancado por los perseguidores.

            La informe y dura mancha de una mujer se aproximó:
            -Hermano pastor –le dijo-, calme usted a la niña. Haga usted que no llore, por favor.
            La voz de la mujer era temblorosa y queda.
            El pastor abrió los ojos hinchados. Daban lástima, hoy mucho más pequeños, como semillitas.
            -Sólo usted puede calmarla –oyó que agregaba la mujer.

            No quiso replicar una palabra. Miró el rostro opaco de la mujer y hubiera querido besarle la frente y darle las gracias por su fe. Justamente besarle la frente en el sitio mismo de la terrible herida. La mujer mostraba un machetazo de refilón que le había despellejado la mitad de la frente, y ahora, al hablar, espantaba las moscas con la mano y este movimiento era como un ave rítmica, humana y extraña.

            Sí, el pastor había oído a la niña desde hacía varias horas, las horas que llevaban refugiados ahí. Aunque tal vez aquellos gemidos se remontasen a un tiempo más lejano, a un tiempo absolutamente lejano. El pastor había visto cómo era una niña pequeñita y cubierta de sangre, pero seguramente no lloraba por sus heridas sino por algo más espantoso. Al comprender esto sintió toda la infinita inutilidad de su propia vida y de la vida en general. ¿Por qué deberían ser así las cosas? ¿Por qué no habría nada detrás del hombre, sino pavor? Aquella niña lloraba, pero su llanto era un llanto adulto y envejecido, extenso, un llanto más allá de la edad.

            -¡Déjame y vete! –dijo entonces, imperiosamente, a la mujer.
            Los ahí reunidos habían llegado a un punto mortal y solitario que les revelaba lo nunca visto y lo definitivo. El pastor ya no era un hombre de Dios, sino un ser desnudo y sin potestad, y todos estaban desnudos frente a sus propias vidas. Lo ocurrido hasta entonces era más tremendo y más fuerte que la fe y desde ahora comenzarían a contemplar algo extraordinariamente frío, no imaginado nunca.
            La mujer quiso insistir ante el sacerdote, pero de pronto le pareció aquello sin el menor sentido. La pequeña Néstora debía sobrellevar, aún tan pequeña, aún tan sin pecado, todo su sufrimiento, todo su terror, y eso en soledad, sin ayuda de nadie, porque era un niñita a quien le había tocado saber, en un solo golpe, del dolor entero del mundo, como si fuese un testimonio vivo de la impiedad que habita en cada uno de los rincones.

            Regresó a su sitio la mujer junto a la niña y junto a Demetrio, que estaba ahí sentado.
            -Ya está llorando más quedito –dijo Demetrio en relación con la niña y a modo de consuelo.
            La mujer se sentó junto a su hombre, terriblemente absorta y con lo oídos dispuestos tan sólo para oír el llanto de la pequeña. No le importaba ya nada en el mundo sino ese llanto, y ese llanto no cesaría jamás, ni siquiera con la muerte.

            -¿No quiso venir? –preguntó Demetrio señalando con la cabeza hacia el pastor.
            -Creo que no me reconoció –repuso ella con voz sorda-. Creo que se está quedando ciego.

            La pequeña Néstora reposaba entre dos matas de maguey sobre cuyas hojas un delantal servía de mosquitero. Todos los ahí reunidos, Genoveva, Abigail, Timoteo, y desde luego los padres, Demetrio y Rosenda, tenían concentrada su atención, como hechizados, en el sollozar de la niña. Nadie decía una palabra, pues era como un sortilegio oscuro, como una revelación de algo pesado y descomunal que aún no se comprendía del todo pero que era el descubrimiento de un hecho existente en la vida y que ellos hasta ahora no habían sospechado. Un martirio sin medida los ataba a ese llanto; la conciencia de una crueldad inaudita obligábalos a no escuchar ya otra cosa que aquel sollozo sobrehumano.

            Se refugiaban al amparo de una colina, sobre la extensión tristísima del desierto sembrado de magueyes. Era como si el país, sobre su tierra, no tuviese otra cosa que magueyes, hasta el horizonte, y con algo de extrañamente humano, sentados, encogidos, herméticos, como animales humanos y a la vez vegetales. Pero también era como la resurrección porque el cielo, entre las agaves, las volvía, de tan radiante, flores, flores verdes, coronas, laurel espantoso y puro.
            Se refugiaban ahí porque ahí estaba la soledad y quizá a ese sitio no llegasen los perseguidores, no llegara el odio, aunque estaba presente, para toda la eternidad, el llanto de la niña que era peor que el odio y la persecución. Todos callaban. Ahora no podían volver a mirar, frente a frente, el rostro de ningún ser humano, de ningún semejante; ahora ya no comprenderían ese rostro ni si en alguna ocasión hubo un lazo vital, solidario y de especie, entre ese rostro y los propios rostros de ellos. Aunque las cosas volvieran nuevamente a ser normales ya no serían las mismas, pues se había establecido un vacío sin medida que ocupaba todo en derredor, como un mar.

            Abigail tosió y todos sintieron el dolor que aquella tos causaba sobre el cuerpo de la mujer. Se había vuelto fea –cuando antes era lozana, tranquila-, muy sucia, como una bestia, y a simple vista se advertía cómo no se la podía tocar siquiera, a tal grado, por dentro, era un sistema de dolor y de desorden bajo el vientre. Esparrancada, como una parturienta, se tendía completamente inmóvil, completamente inhumana.

            -¡Pobrecita! –exclamó Timoteo, su marido, poniéndole la mano sobre la frente como a una madre enferma, al mismo tiempo que le dirigía una mirada sin luz y sin inteligencia. “¡Pobrecita!” Sin embargo, todos sus deseos eran que muriese. Al verla ahí la odiaba con un rencor sin prórroga, seco y lleno de asco, como se odia una cosa que lastima y a la cual, de ninguna manera, se concede el derecho de lastimar. Comprendía que ella no era culpable de nada, pero algo le decía que, de cualquier modo, era culpable por quién sabe qué razones oscuras e injustas. Culpable tal vez por no haber muerto. Revolvíasele entonces desde las entrañas el reproche bárbaro. “¡Puta! ¡Puta desgraciada!”, y le entraban enormes deseos de llorar.

            Abigail abrió los ojos, quejándose en voz muy baja, como con vergüenza. Al advertir la mirada de Timoteo comprendió que ya nada podría reconstruirse entre ellos y que su amor había terminado para siempre, pero no pudo decir la más pequeña palabra.

            No se movería de ahí ninguno de los fugitivos. Nadie pensaba hacerlo. Aquella era su patria de magueyes, de cactos, patria colérica, patria espesa, con su desesperado cielo.
            “Yo no perdí nada –decíase Genoveva, una de las tres mujeres ahí presentes, las otras dos eran Abigail y Rosenda, sin contar la pequeña Néstora, aún no mujer e hija de Rosenda-, yo no perdí nada y sin embargo estoy sola, abatida y sin esperanza, como si hubiera perdido todo. Yo no perdí sino un pequeño muertecito”.
            Los perseguidores habían llegado a casa de Genoveva, por la noche. El jefe de ellos, furioso, enfermo de furia, tomó por los pies al delicado, majestuoso cadáver de Rito, que era como una hermosa paloma fúnebre en el velorio, como una pequeña ave solemne llegada a la muerte.

            -Este niño –dijo el jefe, y al decirlo sus ojos estaban blancos y sin pupilas, larga y profundamente ciegos- no es hijo de Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. No ha sido bautizado en Dios. Es menos que un perro.
            Entonces tiró de los pies de Rito con una lóbrega violencia iluminada, como si reprodujera un sacrificio antiguo y profundo, exaltado y enternecedor. Los demás hombres sujetaron a Genoveva, mientras del otro lado de la casa, en la porqueriza, oíase el ruido de los cerdos al devorar el pequeño muertecito.

            “Hubiera estado vivo –se decía hoy Genoveva-, pero ya estaba muerto. De todas maneras ya estaba muerto y al día siguiente lo íbamos a enterrar. No sé entonces por qué sufro tanto, ni por qué me siento tan sola en el mundo.”

            Mayor sufrimiento el de Rosenda que vio flagelar a su hijita Néstora. Cubrieron de sangre el cuerpo de la pequeña a fuerza de machetazos y ahora la niña estaba loca y sollozaba sin medida.
            -La bautizaré en la Iglesia Católica –les gritó Rosenda-, pero déjenla. ¡Déjenla, por Dios y todos lo santos!
            Sin embargo los perseguidores no dieron oído a sus palabras y aquello duró como si hubiese durado por toda la vida.

            Hoy era imposible comprender nada. Ahí estaban todos reunidos, pero sin comprender ya nada de la existencia.
           
El viejo pastor protestante, vestido con su calzón de manta y calzado con sus huaraches, parecía dormir, apoyada la cabeza en un montón de tierra y los ojos fuertemente cerrados. Parecía dormir pero abrió los párpados y se convenció de que había perdido la vista por completo. Entonces muy quedamente empezaron a rodar las lágrimas por sus mejillas. Todo estaba consumado