lunes, 22 de diciembre de 2014

Cuentos e historias para la ternura. La historia de este dìa martes 23 de diciembre del 2014.Marcos sin pasamontañas . Vicente Leñero.

Amigas y amigos; Hace unas semanas se adelanto en el camino don Vicente. Por las desorganizaciones de mi vida no fui cuidadoso de poner en estos cuentos e historias para la ternura algún cuento de él. Hoy les envío uno que tomo prestado del face de MOGA. Es una historia interesante y bonita. Espero les guste tanto como a mi.



Marcos sin pasamontañas

Vicente Leñero






Siempre que entro en el Palacio de Minería el corazón —es un decir— se me desboca en recuerdos. Ahí estudiamos ingeniería (civil, mecanicoelectricista, topográfica, petrolera) los grupos de la generación 1951.

No era entonces un palacio remozado y flamante como se le ve ahora para hacer honor a su constructor Manuel Tolsá, sino un edificio sí, majestuoso, aunque sumamente descuidado: con losetas quebradas en los patios, muros descarapelados, puertas chuecas y apolilladas. En su área izquierda albergaba oficinas invasoras de la Secretaría de Agricultura, y en la derecha tenía un patio sórdido y una alberca casi vacía, sucia, donde sufrimos las novatadas junto a salones húmedos con bancas torcidas.

Convertido hoy en la obra de arte que fue, alberga año con año la Feria Internacional del Libro dirigida con entusiasmo por un exfuncionario del cine: Fernando Macotela. En la que efectuó en febrero de 2013 fui invitado por la editorial Alfaguara a presentar un reciente libro de cuentos de mi autoría.

La conversación entre el lúcido y generoso Juan Villoro y este fracasado ingeniero convertido hoy en escritor se desarrolló durante cincuenta minutos rapiditos en aquel salón de actos donde hace añales presentábamos exámenes finales y al que llamábamos “la maternidad” por eso: porque íbamos “a parir”.

Sucedió entonces, ahora, que al interrumpir la charla con Villoro sencillamente porque “se acabó el tiempo”, se formó como siempre una bolita de público conocido o desconocido para saludar y preguntar algo a Juan, para solicitar una firma con pluma bic sobre el libro abierto en las primeras páginas, o para lo que se ha vuelto costumbre en los buscautógrafos: posar con el interpelado frente a la camarita de un celular.

En ese instante, en poquísimos segundos y con la mesa ceremonial de por medio —carpeta verde y micrófonos— se me acercó un chamaco chaparrito, moreno, hierático, que se había abierto paso a empujones hasta mí. Me tendió entonces lo que yo supuse una simple tarjeta blanca.

Me dijo:
—Esto se lo manda un amigo suyo.

Me distraje un poco y di la vuelta a la tarjeta blanca para saber si tenía alguna inscripción. Pero no era una tarjeta: era una fotografía a colores tamaño postal en la que se veía al célebre subcomandante Marcos. La clásica foto con pasamontañas y gorrita de dril: precisamente la que ilustra este texto.
—Estuvo aquí pero ya se fue —dijo el enviado chaparrito y se escurrió entre los agolpados.

¡Qué cosa!: estuvo aquí pero ya se fue.

Después de un rato de desconcierto, de buscar entre la gente un rostro “localizable” girando la cabeza como pollo desorientado, me puse a pensar en la libertad que disfruta el controvertido Marcos, el inútilmente delatado Rafael Guillén Vicente, al que entrevisté para Proceso en un amanecer de febrero de 1994.

A diferencia de los famosos que necesitan calzarse unos anteojos oscuros o una peluca o un disfraz para escapar de los acosadores y de los paparazzi mexicas, él lograba esconderse al revés: quitándose simplemente el pasamontañas y la gorrita. Podía salir entonces de Chiapas y transitar en cualquier ciudad o pueblo sin que nadie lo reconociera.


Por ahí andaba esa noche en el Palacio de Minería mironeando libros en los módulos de las editoriales, asomándose a las aburridas presentaciones, galaneando quizás